Veinte años no es nada: Invierno del 97

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

El año 1996 se despidió con las campanadas más rápidas de la historia. Apenas 18 segundos le llevó dar sus doce tañidos al reloj de la Puerta del Sol de Madrid. Y así, el cine patrio, que no es sino un reflejo de su sociedad, empezó el año del mismo modo que todos los españoles, atragantado.

Si damos por cierto ese axioma que dice que una crisis es ese momento en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, pocos momentos de los últimos años certifican mejor la crisis del cine español como el primer trimestre del 97. La industria patria comenzaba el año echando el resto con El amor perjudica seriamente la salud, una ambiciosísima superproducción que aspiraba a convertirse en una especie de Forrest Gump nacional, con un argumento que repasaba los últimos 30 años de la historia de España, tomando como excusa la historia personal de las idas y venidas de dos amantes interpretados por Penélope Cruz y Gabino Diego, o Ana Belén y Juanjo Puigcorbé en diferentes momentos temporales. La película, dirigida por el hasta entonces infalible Manuel Gómez Pereira, fue un fracaso de crítica y público, y la primera piedra del mausoleo que Pereira terminaría de construirse en 2001 con el desastre de Desafinado. El amor perjudica seriamente la salud permanece como un fallido intento de comedia clásica y elegante, pero finalmente lastrada por la vulgaridad y la ramplonería. Una película tan hija de su tiempo que, para cuando se estrenó, ya estaba envejecida.

Otra muestra de cine prematuramente envejecido fue Secretos del corazón. La película de Montxo Armendáriz se estrenaba el 21 de marzo, tras un exitoso paso por el Festival de Berlín (donde ganó el Ángel Azul), entre parabienes de la crítica. Tal fue su recorrido que, un año después, era nominada al Oscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa. Vista a fecha de hoy, es inevitable pensar que Secretos del corazón ha perdido algo de su impacto inicial. Ese cine costumbrista y evocador, que huele a Polil y a chaqueta del abuelo, sigue siendo efectivo y loable, pero su gramática parece demasiado anclada en el pasado. Todo lo contrario que la de Familia, el tercer gran estreno español del trimestre. Una pequeña producción de Elías Querejeta que permitía estrenarse tras las cámaras a un joven guionista plagado de buenas ideas: Fernando León de Aranoa. El caso es que, partiendo de un estreno muy modesto en copias, Familia logró un largo recorrido comercial gracias a un apoyo crítico que se convertiría en apoyo popular. Con el tiempo, Familia se ha terminado convirtiendo en la más atípica y estimulante obra de su director. Una propuesta que, sin escapar de la teatralidad, logra ser profundamente cinematográfica. Una película sobre la narrativa, moderna, ambiciosa, pero, también, ligera y divertida.

“¿Cómo? ¿Que esto no es un remake de Zampo y yo? Yo es que como vi a Ana Belén…”

Una película tan hija de su tiempo que, para cuando se estrenó, ya estaba envejecida

En el Festival de Berlín del 97 también se presentaron dos películas que se estrenarían en el primer trimestre del año en España. Por un lado, Leonardo DiCaprio saldría de la Berlinale con un Oso de Plata al mejor actor debajo del brazo por su interpretación en el Romeo y Julieta de William Shakespeare, una película que, de haberse estrenado hoy, sin duda me hubiera hecho pensar que me horrorizaba por no ser su público objetivo, porque sin duda se dirigiría a millenials, modernos, y adolescentes románticos con síndrome de déficit de atención. Pero el caso es que se estrenó en marzo del 97, cuando yo tenía catorce años y, sin duda, formaba parte del target al que pretendía dirigirse. Puede que alguien encontrara algo bueno en una adaptación cinematográfica de la obra de William Shakespeare que constantemente se esforzaba, por todos los medios posibles, en boicotear a su propio texto, creyéndose por encima de él. No fue mi caso. Tampoco lo es hoy en día, veinte años y varias revisiones después.

El caso es que aquella Berlinale la ganó un peso pesado del tamaño de Milos Forman, con El escándalo de Larry Flynt, una película menor en su excelsa filmografía (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus, Man on the moon) pero gigantesca en muchos sentidos. Milos Forman conseguiría su última nominación al Oscar al mejor director, y Woody Harrelson su primera al mejor actor por dar vida al magnate de la pornografía que da título a la película, un biopic muy poco complaciente con su biografiado que también cuenta en el reparto con una estupenda Courtney Love como señora Flynt y un bisoño pero solvente Edward Norton como abogado de la pareja.

Con esta película aprendimos que las ingles americanas son justo lo opuesto a las ingles brasileñas.

Un biopic muy poco complaciente con su biografiado

Un Edward Norton que en el año de su debut (no lo olvidemos) conseguiría su primera nominación al Oscar por Las dos caras de la verdad, y no solo trabajaría a las órdenes de Milos Forman, sino también de Woody Allen en la maravillosa Todos dicen I love you, un musical a la antigua usanza que un Allen en uno de sus mejores momentos creativos (entre Poderosa Afrodita y Desmontando a Harry, ahí queda eso) estrenaba en España el 28 de febrero del 97. Justo el mismo día escogido para que Tim Burton desembarcara en nuestras pantallas con Mars Attacks, otra de las cumbres de su carrera. Un costosísimo artefacto pop, poblado de estrellas, homenaje al cine de catástrofes y de invasiones extraterrestres, que, como no podía ser de otra forma, se estrelló en la taquilla. En Mars Attacks, Burton aprovecha para, al igual que sus sociópatas marcianos, disparar a izquierda y derecha, no dejando títere con cabeza. Vista hoy en día, cuesta entender cómo el director pudo obtener financiación para sacar adelante semejante divertimento.

Pero Todos dicen I love you no fue el único musical que se estrenó en España por aquellas fechas. Sin ir más lejos, Evita llegaría a los cines españoles el 24 de enero. Y, al ser una adaptación de una ópera rock completamente cantada, lo haría en versión original subtitulada, siendo el mayor estreno de esas características en España hasta que, en abril de 2004 La pasión de Cristo hizo lo mismo con un puñado más de copias. El caso es que Evita fue una magnífica película devorada por sus circunstancias. Por una Madonna que se comía la pantalla a bocados, pero que ni siquiera arañó una nominación al Oscar porque, al fin y al cabo, estamos hablando de Madonna. Por una contestación del peronismo, que llegó a rodar Eva Perón, una hagiografía oficialista sobre el personaje. Y es una lástima, porque la película de Alan Parker, con Antonio Banderas en el papel de su vida, hubiera merecido mucha mejor suerte.

-“Tu personaje es una arribista ambiciosa dispuesta a todo por triunfar.”
-“Creeme, Alan, puedo hacerme a la idea.”

Evita fue una magnífica película devorada por sus circunstancias

Otro que se estrelló haciendo una película de reminiscencias musicales fue Tom Hanks, que debutó en la dirección con The Wonders, en la que narraba el rápido viaje de ascenso y caída de un ficticio grupo musical al calor de That thing you do, su inolvidable one hit wonder. The Wonders resulto ser una película demasiado inocente y bienintencionada incluso para los años 90, que viene a ser una paradoja semejante a tener demasiado dinero como para salir con Mar Flores o vocalizar demasiado mal como para ser un joven actor español. Pero lo cierto es que casi todo funciona a la perfección en ella: la canción es adorable y pegajosa, existe química entre actores y las situaciones (con especial mención a esa  portentosa escena que muestra el entusiasmo de los jóvenes la primera vez que su tema suena en la radio) están bien desarrolladas. La crítica la machacó. El público la ignoró. Tom Hanks tardaría quince años en volver a ponerse detrás de las cámaras.

Porque el gran éxito crítico de esa temporada para un producto musical terminó siendo Shine. La cinta de Scott Hicks era, de nuevo, un biopic que reflejaba cómo el padre del pianista David Helfgott había marcado indefectiblemente su vida, hasta el punto de hacerle caer presa de la locura. La película, un producto mucho más convencional de lo que se dijo en su momento, obtuvo siete nominaciones al Oscar, en categorías tan importantes como película, director, actor secundario o montaje, por no hablar de la nominación lograda por el propio Hirschfelder como autor de la banda sonora de la cinta. Pero el gran triunfo de Shine fue el de presentar al gran público a Geoffrey Rush, un desconocido que finalmente se hizo con la estatuilla al mejor actor del año. Y Rush llegó a Hollywood para quedarse. Desde entonces, ha sumado otras tres nominaciones y ha logrado asentarse como secundario de carácter.

En los 90, si interpretabas a un tarado que se sentaba en un banco tenías medio Oscar en el bolsillo.

La película, un producto mucho más convencional de lo que se dijo en su momento, obtuvo siete nominaciones al Oscar

Rush le arrebató el Oscar al que para muchos era el favorito de la noche. Un Tom Cruise que llegaba a la ceremonia en pleno apogeo de su carrera, tras el éxito comercial de Mission: Imposible y crítico de Jerry Maguire, una de las protagonistas de la temporada de premios. Jerry Maguire era una comedia romántica construida en torno a Tom Cruise y al sueño americano. Lo cierto es que Jerry Maguire ha terminado siendo otra de esas películas demasiado ancladas a su tiempo, de esas que van perdiendo fuerza en cada revisionado. Todo en Jerry Maguire es ingenuo e histérico, si bien es cierto que Cameron Crowe logra pertrechar un entretenimiento más que digno en el que Cruise, de natural generoso, permite que brillen los por aquel entonces desconocidos Renée Zellweger y Cuba Gooding Jr. (que finalmente se haría con la estatuilla al mejor actor secundario del año).

La triunfadora de la noche finalmente sería El paciente inglés. Una película monumental, de las de antes, con resonancias al cine más aparatoso de David Lean. Un drama romántico sobre el poder de la evocación a través de la narración. Un bélico sin batallas que reconstruye dos historias de amor a dos tiempos. Un filme arrebatadoramente bello, hoy menospreciado por ser considerado de ritmo moroso. Si bien pudiera ser que Fargo fuera la mejor película de las nominadas en aquella edición, resulta muy complicado poner peros a casi cualquiera de los nueve premios que se llevó la película de Anthony Minghella. El paciente inglés crece en cada revisionado porque rezuma clasicismo.

“Vamos a ver si llego a 23: Si con los dedos de las manos y los dedos de los pies…”

Resulta muy complicado poner peros a casi cualquiera de los nueve premios que se llevó la película de Anthony Minghella

Todo lo contrario que Lazos ardientes, el debut de unos por aquel entonces desconocidos Larry y Andy Wachowski. En estos veinte años que han pasado desde su debut, les ha dado tiempo a pasar a llamarse Lilly y Lana, a revolucionar el género de acción con Matrix, a ser los directores más imitados de toda una década y a morder el polvo tras los sucesivos fracasos de Speed Racer, El atlas de las nubes y El destino de Júpiter. El caso es que Lazos ardientes ya daba pistas de que nos encontrábamos ante unos narradores superdotados en cuanto al manejo de la narración, los espacios y el uso de la acción. La película pasó bastante desapercibida en su momento debido a una campaña publicitaria que intentó disfrazar un noir netamente tarantiniano como un sexy thriller más, sin darse cuenta de que, en ese momento, el género al que la película pertenecía gozaba de mucho mayor tirón popular que aquel del que intentaban disfrazarla. El tiempo ha acabado por convertir a Lazos ardientes en la película de culto que siempre ha merecido ser.

Pero como no solo de thrillers lésbicos vivían las pantallas españolas, durante el primer trimestre del 97 también se estrenaron dos películas infantiles que terminaron haciendo mucho dinero, pero contaron con desigual suerte en el imaginario colectivo. El siete de febrero del 97 se estrenaba Space Jam, más que una película infantil, un hito generacional. Alguien en Hollywood llegó a la conclusión de que si los Looney Tunes molaban y Michael Jordan molaba, una película que uniera a los Looney Tunes y a Michael Jordan a la fuerza tenía que expandir el grado de molonidad exponencialmente, sin darse cuenta de que estas cosas no siempre funcionan así. O sí, porque el caso es que a pesar de ser una película completamente carente de garra, de ritmo y, lo que es peor, de gracia, Space Jam ha terminado por convertirse en un título venerado por aquellos que ahora rondan la treintena. Casi cualquier película que mezcle dibujos animados con acción real es mejor que Space Jam: pienso en ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, en Mary Poppins, en La bruja novata. Pienso incluso en Looney Tunes: de nuevo en acción. Y no, Space Jam no es peor que El guardián de las palabras. Pero no era ese el listón que debería haberse marcado.

Al final gana Jordan porque a los americanos nunca les pitan pasos.

Space Jam, más que una película infantil, un hito generacional

Un mes después, el siete de marzo, se estrenó una película quince años adelantada a su tiempo: 101 dálamatas: ¡Más vivos que nunca!, ni más ni menos que el primer intento de Disney de rodar en acción real uno de sus clásicos animados. Y los resultados fueron más que dignos, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo. La película gustó lo suficiente como para que Glen Close estuviera presente en la carrera al Oscar de ese año y recaudó lo necesario como para garantizar una secuela cuatro años después. 101 dálmatas: ¡Más vivos que nunca! es una más que correcta comedia romántica en su primera mitad y un fallido intento de recuperar el espíritu de comedia de garrotazo y tententieso (claramente deudor del estilo de Solo en casa) en su último tercio. El tiempo ha pasado por encima de 101 dálmatas: ¡Más vivos que nunca! hasta el punto de que en la actualidad Disney prepara una película sobre el personaje de Cruella de Vil (un spin off o reboot de un remake, ahí queda eso) en el que Glen Close será sustituida por Emma Stone. Y es que, en veinte años los gustos de los espectadores cambian, pero las buenas historias permanecen. Y esa es, precisamente, una moraleja que pudimos aprender del cine una vez entrada la primavera de 1997, pero, claro, esa ya es otra historia…

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