Veinte años no es nada: Invierno del 98

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

El 9 de enero de 1998 se estrenaba en España Titanic, y el 10 de enero ya era un fenómeno que exigía más de cuatro horas de cola para conseguir una entrada en el cine que la exhibía en tres de sus salas en Vigo. Lo sé de buena tinta, puesto que el amigo más voluntarioso de mi pandilla fue el que se pasó esas horas a la intemperie para poder entrar en la primera sesión. Dos semanas más tarde, la policía municipal de Vigo tenía que intervenir ordenando unas colas de tal magnitud que invadían las calzadas y cortaban la calle a diario. Dos meses y medio después, Titanic igualaría el récord de Ben-Hur consiguiendo once premios Oscar. Por aquel entonces su recaudación en España superaba los 40 millones de dólares. Titanic lideraría la taquilla española hasta pasada la Semana Santa. Su banda sonora fue el disco más vendido ese año. La película salió a la venta en VHS cuando todavía se proyectaba en varias decenas de salas. Uno de cada cinco espectadores que acudió al cine a verla repitió en al menos una ocasión (y yo fui uno de ellos).

Veinte años después resulta muy complicado hablar de una película como Titanic en términos estrictamente cinematográficos. Porque cuando una película se convierte en el principal tema de conversación mundial durante todo un trimestre deja de ser una película para convertirse en un fenómeno. Un fenómeno que muchos se esforzaron (se esfuerzan) en odiar con todas sus fuerzas para tratar de diferenciarse del resto, un poco como si ser incapaz de disfrutar de aquello de lo que gozan tus semejantes te elevara intelectualmente sobre la plebe.

Porque Titanic es una película clásica en el sentido más popular del término: gente rica, guapa y desgraciada que goza, ríe, sufre y se enamora en un entorno profundamente fascinante. Las adolescentes acudían para ver a Leonardo DiCaprio, los chavales para disfrutar viendo cómo se hundía un barco, los más cinéfilos sentían curiosidad por ver qué había logrado hacer en esta ocasión James Cameron, y el público maduro quería una historia de amor como las de antes. Y la película ofreció sobrados motivos de disfrute para todos ellos. Dos décadas más tarde, Titanic, y todo lo que la rodeó, sigue siendo la mayor locura cinematográfica colectiva que he podido presenciar en toda mi vida de aficionado al cine.

“Yo lo llamo ‘El Kevin Costner de Pávlov’. Si toco esta campanilla él viene babeando a rodar un western de tres horazas”

Mensajero del futuro costó 80 millones de dólares y recaudó menos de 20 en la taquilla mundial

Curiosamente una épica oceánica como Titanic supuso el último clavo sobre la tapa del ataúd de la carrera de Kevin Costner, que con Mensajero del futuro se la jugaba al todo o nada tras el fracaso (no tan estrepitoso como todos se empeñaron en hacernos creer) de Waterworld, su épica oceánica particular y precedente que todos los analistas emplearon para augurar la debacle comercial de Titanic. Mensajero del futuro costó 80 millones de dólares y recaudó menos de 20 en la taquilla mundial. Sus cerca de tres horas de duración, su sentido clásico de la épica y el narcisista ejercicio de Costner delante y detrás de las cámaras (en un momento de la película su rostro llegaba a fusionarse con el de John Wayne) la convirtieron en un blanco fácil para la burla y el escarnio. En una de las ceremonias de los Razzies más injustas que se recuerdan, Mensajero del futuro terminó alzándose con cinco premios. Y dos años después llegó a estar nominada a Peor película de la década. Y uno no puede evitar tener la sensación de que todo este ensañamiento fue exagerado para con una cinta quizás demasiado ambiciosa, mastodóntica o ridícula en su premisa y desarrollo, pero magníficamente rodada durante gran parte de su metraje y mucho menos aburrida de lo que muchos quisieron hacernos creer. Puede que Mensajero del futuro no sea una buena película. Puede que sea fallida, o incluso mala (si es que ese término realmente significa algo a la hora de describir a una película); pero en ningún caso es un título que mereciera terminar con la carrera de una de las estrellas del cine adulto comercial más brillantes de las décadas de los 80 y 90.

El caso es que, por la coincidencia de fechas, es probable que en un mismo multicine uno pudiera escoger entre entrar en una sala a ver el velatorio por la carrera de Kevin Costner en Mensajero del futuro o para asistir al alumbramiento de dos nuevas estrellas entrando a ver Boogie Nights en la sala de al lado. Boogie Nights fue el primer papel protagonista de Mark Wahlberg, el que veinte años después terminaría siendo el actor mejor pagado de 2017. Y el segundo trabajo, pero a todos los efectos el debut en sociedad, de Paul Thomas Anderson, que con 27 años rodaba la mejor película de Martin Scorsese que jamás haya rodado Martin Scorsese. Además, vista en perspectiva, Boogie Nights funciona a la perfección como incubadora de todo el star system del cine indie americano de los siguientes quince años: Luis Guzmán, Julianne Moore, John C. Reilly, William H. Macy… Pero Boogie Nights no funciona tan solo como promesa de lo que estaba por llegar, sino también como una película extraordinaria. Un fresco sobre el mundo del porno setentero que irrumpió con tal fuerza en la temporada de premios que llegó a obtener tres nominaciones al Oscar. Y un Burt Reynolds que fue especialmente problemático durante el rodaje y odiaba profundamente al director fue el favorito a la estatuilla a Mejor actor secundario casi hasta que al final no la ganó.

“A ver, John Holmes la tenía un poco así, como una baguette de supermercado”

La mejor película de Martin Scorsese que jamás haya rodado Martin Scorsese

Y no la ganó porque los hermanos Weinstein lograron que un producto tan simple, primario y manifiestamente mejorable como El indomable Will Hunting se convirtiera en uno de los fenómenos de la temporada. El debate que durante todos esos meses generó El indomable Will Hunting no fue en ningún momento cinematográfico, sino mucho más cercano al cuento de hadas. La historia de cómo dos muchachos guapos, sanos, limpios y con pinta de oler bien como Matt Damon y Ben Affleck habían luchado por sacar adelante un guión brillante mientras interpretaban pequeños papeles en pequeñas películas en Hollywood. Que luego nos enteramos de que el guión lo había acabado puliendo William Goldman. Y, teniendo en cuenta que tras pasar por sus manos seguía siendo una basura, es probable que el mayor mérito que tuviera el primer borrador fuera que Damon y Affleck no se cagaran encima mientras lo escribían. El caso es que El indomable Will Hunting acabó arañando nueve (¡NUEVE!) nominaciones al Óscar. Como Cleopatra. Como E.T. el extraterrestre. Y terminó ganando dos. El de mejor actor secundario para Robin Williams (que en su momento nos pareció un disparate pero ahora tampoco tan mal, porque se entiende como un premio a toda su carrera y ya a estas alturas como que iba a tener complicado ganarlo) y el de mejor guión original, que convirtió en unas estrellas a Damon y Affleck desde el mismo momento en que subieron a recogerlo.

El caso es que el agente de Damon estuvo haciendo horas extras por aquellas fechas, porque durante el invierno del 98 también estrenó la nueva película de Francis Ford Coppola. Legítima defensa fue la última incursión del director de El padrino en el cine comercial. Y vive Dios que pretendía ser comercial, adaptando una novela de John Grisham, un autor estrella, y siendo un thriller judicial, el género por excelencia de las carteleras por aquel entonces. A pesar de ello la película tampoco funcionó demasiado bien. La crítica dijo que bueno, que bien. Y el público estaba demasiado entretenido viendo hundirse al Titanic como para prestarle demasiada atención. Eso sí, la carrera de Damon siguió en imparable ascenso.

El único psicólogo que en vez de escucharte te cuenta su vida.

Es probable que el mayor mérito que tuviera el primer borrador del guión fuera que Damon y Affleck no se cagaran encima mientras lo escribían

Curiosamente, el agente de Matthew McConaughey realizó exactamente el mismo movimiento con su representado, y consiguió colocarle para protagonizar la nueva película de un Steven Spielberg que, tras arrasar en verano con El mundo perdido, soñaba con repetir la jugada que tan bien le salió en 1993 (Parque Jurásico y La lista de Schindler) estrenando ese mismo año Amistad, una sensible película antiesclavista que, por lo que fuera, decidió convertir en ¿adivinan? una película de juicios. Con lo que nadie contaba es con que Amistad terminara convirtiéndose en la película más aburrida del Rey Midas de Hollywood (al menos hasta que decidió filmar aquella historia de señores hablando en despachos durante dos horas y media con Daniel Day-Lewis disfrazado). Nada funcionaba bien en Amistad, si exceptuamos a Djimon Honsu, a Anthony Hopkins y los veinte primeros minutos de la cinta, que hacen gala de una gran potencia visual expresionista dotando de fuerza a un relato mudo.

Y como no hay dos sin tres, el tercer thriller judicial con joven estrella de carrera ascendente (aunque mucho más asentada) del primer trimestre del año fue Pactar con el diablo. Pero el éxito que terminaría siendo (más de 150 millones de dólares recaudados frente a poco más de 50 de presupuesto) no cabe achacárselo en exclusiva a su género o al tirón en taquilla de Keanu Reeves, sino a otros tres factores que, a la postre resultaron determinantes. En primer lugar, a un Al Pacino que se lo pasa en grande en su mefistofélico papel y ofrece una de las interpretaciones más desatadas y gozosas de su carrera. En segundo lugar a un Taylor Hackford que se lo permite mientras sabe manejar los muchos tonos de un guión que en otras manos más inexpertas se hubiera prestado al disparate. Y es ese guión el tercer gran motivo del éxito. Un libreto juguetón y malicioso, que pudiera parecer carne de filmografía de Paul Verhoeven por el modo en el que mezcla sátira y erotismo. Y, sobre todo, un guión que logró adelantarse en un par de años a todas esas películas acerca de la segunda llegada del diablo que con el cambio de milenio Hollywood tendría a bien ofrecernos.

¡EL QUE TENGO AQUÍ COLGADOOOO!

Un libreto juguetón y malicioso, que pudiera parecer carne de filmografía de Paul Verhoeven

Pero si de películas de culto y adelantadas a su tiempo hablamos, en este trimestre no se dio un ejemplo mejor que el de Gattaca. Cuando Gattaca se estrenó en España, el 20 de marzo de 1998 ya llevaba cerca de seis meses descalabrándose comercialmente en todo tipo de mercados. Y el español no fue una excepción. El único tanto que se había apuntado Gattaca para aquel entonces era la de una nominación al Oscar a la mejor dirección artística (nominación que todos sabemos que se ganó por sí sola la escalera con forma de espiral ADN que preside el salón del dúplex del personaje de Jude Law).  Muy pocos vieron Gattaca en su paso por las salas, pero los pocos que lo hicieron (normalmente, los chicos más sensibles del instituto) la recomendaron tan insistentemente que vivió una segunda vida comercial en el mercado doméstico. Cuando, dos años después, se estrenó en Canal +, aquella ya era la película que había que ver. Gattaca era el resultado de sumar Un mundo feliz, Divergente (años antes de que existiera), Face Off y un anuncio de colonias. Y lo más extraño de todo es que, a pesar de eso, funciona. Funciona como un reloj, con una precisión matemática que no deja de ser irónica en una película que no es sino una apología de la imperfección.

Y el mismo mes que Uma Thurman estrenaba Gattaca, también llegaba a los cines españoles la esperadísima nueva película de Quentin Tarantino, cuatro años después de Pulp Fiction. Y a pesar de obtener el beneplácito de la crítica, de arañar una nominación al Oscar al mejor actor secundario para Robert Foster, de ganar el Oso de Plata del Festival de Berlín al mejor actor para Samuel L. Jackson y de obtener grandes beneficios económicos (la película costó tan solo 12 millones de dólares), la sensación generalizada fue la de fracaso. Hoy en día, Jackie Brown es el “café para muy cafeteros” de Quentin Tarantino, la película que determina si de verdad te gusta su cine, su gramática y su narrativa. Pero hace veinte años, el fan medio de su cine solo quería más sangre, más violencia y más frases ingeniosas. Y Jackie Brown va bien surtida de las tres, pero a muchos no les pareció suficiente.

“Oye, Robert, estoy viendo las pelis que vas a empezar a rodar a partir de ahora y son todas UNA PUTA MIERDA, tío.”

Jackie Brown es el “café para muy cafeteros” de Quentin Tarantino, la película que determina si de verdad te gusta su cine, su gramática y su narrativa

Martin Scorsese fue otro director que defraudó a su parroquia durante el primer trimestre de 1998. Su propuesta se titulaba Kundun y era un drama sensorial e introspectivo sobre la vida del decimocuarto Dalai Lama. La película partía de un proyecto personalísimo de Melissa Mathison (guionista de E.T. El extraterrestre y por aquel entonces esposa de Harrison Ford), que siempre quiso a Scorsese tras la cámara. Dos décadas después, y en un momento en el que el italoamericano es un cineasta mucho más popular y respetado que por aquel entonces, el momento de reivindicación de Kundun todavía no ha llegado, y la película permanece como una rareza semidesconocida dentro de la filmografía de su director. Y si bien es comprensible que no sea una película mayoritaria (sinceramente, se me ocurren pocos momentos en que un espectador medio diga en su casa “Pues esta noche me apetece ver Kundun”) sí es que es un título que merece un revisonado. Su factura técnica sigue siendo tan exquisita como en el momento de su estreno (cuatro nominaciones al Oscar la avalan) y, además, es una cinta mucho menos hermética o aburrida de lo que la mayoría piensa. Con el estreno de Kundun Scorsese sufrió lo mismo que 18 años después con el estreno de Silencio.

Otro gran director que tuvo a bien estrenar película en el invierno del 98 fue Woody Allen. Y lo hizo por todo lo alto, con Desmontando a Harry, uno de sus trabajos más personales y complejos, una obra maestra monumental. Desmontando a Harry es una sátira metacinematográfica con tantas ideas formales (ese montaje sincopado) y de guión (ese Robin Williams desenfocado, ese Billy Crystall luciferino) que se podría construir una película entera en torno a cualquiera de ellas. Es este un título que juega la misma liga en la que Woody Allen quiso participar en la década de los ochenta con Recuerdos. La del 8 1/2 de Federico Fellini, la del All that jazz de Bob Fosse. Y logra estar al menos a la altura de esos antecedentes. Su final, esa fiesta sorpresa que todos los personajes brindan a su autor es, por derecho propio, una de las secuencias más emocionantes de toda la filmografía de Woody Allen, que ya es decir.

Woody Allen en el infierno. Seguro que es la película favorita de Mia Farrow.

Desmontando a Harry es una sátira metacinematográfica con tantas ideas formales y de guión  que se podría construir una película entera en torno a cualquiera de ellas

Pero, en lo que respecta a apoyo popular y crítico, la gran comedia, no ya del trimestre, sino directamente del año no fue otra que Mejor… imposible. Jack Nicholson y Helen Hunt ganaron, respectivamente, el Oscar a mejor actor y mejor actriz por unos papeles que, en una fase inicial del proyecto, iban a interpretar Kevin Kline y Holly Hunter. Y, si bien es cierto que resulta imposible juzgar interpretaciones que nunca se llevaron a cabo, parece que todos ganamos con el cambio. Mejor… imposible es algo más que una comedia romántica ejemplar, es la última comedia romántica americana clásica. Cuando el género estaba a punto de cambiar para siempre volviéndose más británico (ya había empezado a hacerlo con el estreno, en 1994, de Cuatro bodas y un funeral), James L. Brooks se desmarcó con una historia, un dirección y unas interpretaciones que nada tenían que envidiar a las de la edad de oro del género. Y precisamente por ello los espectadores la convirtieron en un monumental éxito (más de 300 millones de dólares mundiales) allá donde se estrenó. Y hay quien piensa que, de no haberse encontrado con el fenómeno de Titanic en la temporada de premios, hubiera sido la ganadora del Oscar a mejor película, incluso por encima de L.A. Confidencial. No seré yo el que lo rebata. No seré yo el que diga que no lo mereciera.

La que se terminaría quedando fuera de los Premios de la Academia tras haber obtenido tres nominaciones a los Globos de Oro fue The boxer, la propuesta con la que Jim Sheridan intentaba reverdecer los laureles conseguidos con En el nombre del padre. The boxer fue también la primera intentona seria de convertir a Emily Watson en la nueva actriz de prestigio de la industria, tras su revelación en Rompiendo las olas, pero aquello nunca terminaría de cuajar a pesar de las innegables aptitudes de la intérprete. Y también sería la primera ocasión en la que Daniel Day–Lewis anunciaría su retirada definitiva del mundo de la interpretación (en estos momentos vivimos la tercera, tras el estreno de El hilo invisible). Tras el trabajo de promoción de la cinta, el actor se mudó a Florencia, donde trabajó como aprendiz de zapatero y allí permaneció hasta que regresó a las pantallas en el año 2002 en Gangs of New York, de la mano de Scorsese. The boxer es algo más que una cinta de boxeo. Es un drama político sobre el IRA en la línea de los trabajos a los que Sheridan nos tenía acostumbrados por aquel entonces. Pero también un melodrama romántico sobre traiciones, algo que despistó a la hora de juzgarla en su momento, e hizo que se tomara como la película menor que nunca fue.

Si Daniel Day-Lewis se hubiera preparado el papel con Poli Díaz hubiera podido rodar The boxer y Trainspotting.

Sería la primera ocasión en la que Daniel Day–Lewis anunciaría su retirada definitiva del mundo de la interpretación

Otra que nació con el sambenito de “película menor”, pero para otro tipo de mercado, fue Sé lo que hicisteis el último verano. La cinta fue el primero de los slashers gestados al rebufo del éxito de Scream, y probablemente el mejor de todos ellos, así como el que más llegó a calar en la cultura popular. La película partía de una premisa muy juguetona (la víctima mortal de un atropello vuelve un año después para quitar la vida a todos los ocupantes del vehículo que la arrolló) y logró convertir en estrellas a sus protagonistas (Jennifer Love Hewitt, Sarah Michelle Gellar, Ryan Phillippe, Freddie Prinze Jr.) entre 1998 y 2001. Como película, Sé lo que hicisteis el último verano presenta multitud de deficiencias, tonales y narrativas, pero resulta muy difícil no simpatizar con una propuesta tan breve, entretenida y carente de ambiciones.

Y si el invierno de 1998 comenzó con un tsunami cinematográfico llamado Titanic, finalizó con un terremoto en el cine español que respondía al nombre de Torrente, el brazo tonto de la ley. La ópera prima como director de Santiago Segura se estrenó el 13 de marzo de 1988, con apenas 130 copias. Pues bien, para el mes de julio ya era la película española más taquillera de la historia y aún permanecía en cartelera con más de 70 copias. Y lo logró, además, siendo la más española de las películas españolas. Porque Torrente, el brazo tonto de la ley es a la vez sentido homenaje y burla irónica a la comedia popular española. Torrente, el brazo tonto de la ley forma parte de la tradición cinematográfica de Luis García Berlanga (que la alabó públicamente), pero también de la de Mariano Ozores o José Luis Sáenz de Heredia. Y era, además, una estupenda película en casi cualquier sentido: dirección de actores, puesta en escena, ritmo, guión, fotografía, dirección artística…

Sometimes you want to go
Where everybody knows your name…

Torrente, el brazo tonto de la ley es a la vez sentido homenaje y burla irónica a la comedia popular española

Así, el aficionado medio al cine se despidió del invierno de 1998 pensando que pudiera ser que Santiago Segura fuera algo más que una figura pública de dudoso gusto y un limitado actor, que a lo mejor su inmenso cuerpo albergaba a un excelente director. Sería el tiempo el que iría dando y quitando razones. Lo que sí que resultó ser cierto es que ese sería un gran año para el cine español, pero esa ya es historia para otros artículos…

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