Veinte años no es nada: Otoño del 96

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

Tras uno de los veranos más trepidantes que se pueden recordar en lo cinematográfico, el cinéfago afrontaba el otoño del 96 esperando que las propuestas que iban a deparar las carteleras estuvieran a la altura. La temporada se estrenó con El profesor chiflado, un producto orquestado a mayor gloria de un Eddie Murphy que intentaba remontar una racha negativa que le había alejado de aquellos años 80 en los que había sido la gran esperanza negra del cine americano. Corrían los tiempos en los que Jim Carrey se había convertido en la gran estrella del momento llevando sobre sus hombros la herencia cómica y gestual de un Jerry Lewis cuyas películas (poco más que comedias bobas y exageradas en su momento) habían sido rescatadas del olvido y convenientemente prestigiadas por la crítica francesa. Así que Murphy (que la pasada primavera acababa de estrenar Un vampiro suelto en Brooklyn, sima artística y comercial de su carrera y la de Wes Craven, su director) lo intentó con un remake del trabajo más célebre de Lewis. Y reventó las taquillas. La recaudación de El profesor chiflado quintuplicó su presupuesto, y lo hizo apoyándose tan solo sobre los hombros de un Eddie Murphy que, ayudado por un asombroso trabajo de maquillaje de Rick Baker (reconocido con el Oscar de su categoría de ese año), interpretaba a siete personajes de la historia. Poco importó que la película fuera un despropósito vulgar, carente de ritmo, gracia o sentido común. El caso es que, además de enterrar en el recuerdo colectivo el original de Lewis, cumplió su principal cometido: Eddie Murphy volvía a ser una estrella. Al menos durante otros siete años.

No fue Murphy el único actor que interpretó a múltiples personajes en una película durante ese otoño. Porque el 30 de octubre se estrenó en España Multiplicity, solo que lo hizo bajo el delirante título de Mis dobles, mi mujer y yo. Y, en ella, Michael Keaton interpreta a un hombre que no es capaz de repartir su tiempo entre su esposa, su hija, su trabajo y sus propias aficiones, así que opta por clonarse para así poder dividir sus tareas. Una comedia sobre los problemas de conciliación, vamos. La película resultó ser una nueva joya dirigida por un Harold Ramis que tres años antes había estrenado ese clásico contemporáneo titulado Atrapado en el tiempo. Mis dobles, mi mujer y yo logró una estupenda recepción crítica, pero fracasó estrepitosamente en taquilla, a pesar de lo oportuno del momento de su estreno: hacía apenas cuatro meses que la opinión pública había conocido a la oveja Dolly, el primer animal clonado de la historia.

Claro que, si de experimentos científicos con animales estamos hablando, no podemos obviar el estreno de La isla del Dr. Moreau. El proyecto fue un desastre de tal calado que:

  1. El director, Richard Stanley, fue despedido a las pocas semanas de rodaje. Sin embargo, seguía acudiendo en secreto todos los días al set de filmación.
  2. Se ha producido un documental acerca del rodaje de la película (Lost Soul: El viaje maldito de Richard Stanley a la isla del Dr. Moreau) qué es bastante más apasionante que la película en sí.
  3. John Frankenheimer, director sustituto de Stanley, declaró: “Hay dos cosas que jamás haré. La primera será escalar el Everest. La segunda, volver a trabajar con Val Kilmer.”
  4. Fairuza Balk intentó escapar del rodaje. Fue detenida, a órdenes de los abogados del estudio, en el aeropuerto.
  5. Cómo sería el rodaje, que Stanley recuerda a Marlon Brando como el más receptivo del mismo, ya que se puso del lado del director e incluso se ofreció a pagarle un plus de indemnización de su propio bolsillo.

Con estos pocos apuntes queda claro que La isla del Dr. Moreau es una de esas películas que hay que ver. Con una ventaja, además, respecto a los ingenuos cinéfilos que la vimos en el momento de su estreno: ahora ya sabemos que es un desastre. Porque el tráiler que ponían en los cines incluso tenía buena pinta. Y nos engañó, claro. Al fin y al cabo, ese es el trabajo que mejor saben hacer en Hollywood.

María del Monte, Isabel Pantoja y Chabelita en el estreno americano de La isla del Dr. Moreau
María del Monte, Isabel Pantoja y Chabelita en el estreno americano de La isla del Dr. Moreau

Fairuza Balk intentó escapar del rodaje. Fue detenida, a órdenes de los abogados del estudio, en el aeropuerto

Un recién llegado que se presentó en sociedad ese otoño, sin que ninguno de nosotros pudiera imaginar hasta dónde podría llegar fue David O. Russell, que estrenaba en España Flirteando con el desastre. Si bien no era su debut (Spanking the money es de 1994), sí que era la primera que tenía carrera internacional. Y presencia en la temporada de premios, con diversas nominaciones a los Independent Spirit Awards, a los Satellite Awards y una mención  de la National Society of Film Critics Awards. Así empezó todo.

Apenas un mes antes, se estrenó Beautiful Girls  y yo salí de la sala profundamente enamorado de Natalie Portman. Claro que ella por aquel entonces tenía 15 años y yo 14, y eso convertía a lo mío en algo mucho más aceptable que lo de Timothy Hutton. Puede que Beautiful Girls no sea la comedia más divertida, ni la película generacional más memorable, pero es un título al que uno siempre puede regresar. Uno puede volver a ella cada cinco años para verse triste o jovialmente reflejado. Porque de eso trata Beautiful Girls, de volver al lugar de donde uno ha partido y hacer balance. De lo que pudo ser pero nunca fue. De lo que sucedió y nunca debió haber sucedido. Beautiful Girls es un pequeño milagro triste, un bar cálido donde juntarse a cantar mientras fuera anochece y cae la nieve. Una exaltación del fracaso y de la amistad. Una película que habla de todo mientras parece que pierde el tiempo hablando de nada.

"Tengo 15 años y sé todo sobre la vida, salvo cómo combinar los guantes con el abrigo"
“Tengo 15 años y sé todo sobre la vida, salvo cómo combinar los guantes con el abrigo”

Beautiful Girls es un pequeño milagro triste, un bar cálido donde juntarse a cantar mientras fuera anochece y cae la nieve

En otoño del 96 también fue la primera vez que nos fijamos en Matt Damon. En honor a la verdad era un drama bélico judicial, dirigido por el grandilocuente e impersonal Edward Zwick, interpretaba a un veterano de guerra adicto a la heroína, papel para el que tuvo que adelgazar 18 kilos, poniendo en riesgo su propia salud. La crítica americana recibió la propuesta con entusiasmo, mientras que en Europa pasó mucho más desapercibida. Exactamente al contrario que Cosas que hacer en Denver cuando estás muerto, un neo noir protagonizado por Andy Garcia, del que se destacaron lo ingenioso de sus diálogos. Apenas habían pasado un par de años de Pulp Fiction y cuatro de Reservoir Dogs y todos los gánsteres que aparecían en una pantalla tenían que vestir traje oscuro con corbata y hablar con rapidez y mordacidad.

Pero si hubo una película ambiciosa esa temporada, sin lugar a dudas esa fue Sleepers. Sleepers tenía todo para marcar una época, arrasar en la temporada de premios y ser la gran película americana de la década: una historia importante que incluía coming of age, abusos sexuales, cine de prisión, cine de mafia, cine de juicios, amistad y venganza; un reparto de campanillas que incluía a leyendas (Robert De Niro, Vittorio Gassman, Dustin Hoffman), actores en la plenitud de su carrera (Kevin Bacon) y los llamados a ser la nueva constelación de Hollywood (Billy Crudup, Minnie Driver, Jason Patric, Brad Pitt, Brad Renfro); un director multigalardonado (Barry Levinson) y John Williams a la batuta. Nada podía fallar. Pero falló.  Cuando Sleepers se vio, por primera vez, en el Festival de Venecia, saltaron las alarmas: la película no entusiasmaba. Y esa fue la tónica que siguió durante toda su carrera comercial. La película pasó sin pena ni gloria por la taquilla americana, siendo su carrera comercial en el extranjero mucho más satisfactoria. La crítica estadounidense la ignoró, pero la europea la machacó sin piedad. Vista con el paso del tiempo, Sleepers contiene muchos momentos de gran cine, pero se ve lastrada por determinadas decisiones narrativas de un Barry Levinson que aquí se muestra lejos de su mejor estado de forma, casi abrumado por la responsabilidad de jugar a ser Sidney Lumet o Martin Scorsese.

Robert De Niro repartiendo hostias, como en Toro Salvaje.
Robert De Niro repartiendo hostias, como en Toro Salvaje.

Sleepers tenía todo para marcar una época, arrasar en la temporada de premios y ser la gran película americana de la década

En otoño del 96 estrenaron película tres de las más grandes estrellas de la década. Fueron tres proyectos que les permitían permanecer en su zona de confort y que acabaron  pasando más bien desapercibidos por la cartelera. Robin Williams protagonizó Jack, una fábula triste sobre el paso del tiempo que se vendió como una payasada más al servicio de un Williams que no parecía entender el tipo de película en la que se encontraba. Acompañaban a Williams una Diane Lane a la que le faltaban unos pocos años para resurgir y una Jennifer Lopez que ya parecía destinada a ser la estrella latina del cambio del milenio. Jack es una película imperfecta, desajustada, pero loable por su ambición a pesar de lo escueto de sus resultados. Resultados, de todos modos, muy superiores a los obtenidos por Robert De Niro en Fanático, donde interpretaba a un perturbado que llegaba para alterar la tranquila vida cotidiana de un jugador de baseball del equipo de sus amores, hasta el punto de poner en peligro su vida y la de aquellos que le rodean. Un De Niro, en definitiva, cercano a los registros de El cabo del miedo. La película está dirigida con la solvencia habitual del Tony Scott de los noventa, pero, en esta ocasión, crítica y público les dieron la espalda. Por último, Kevin Costner intentaba volver a ponerse en pie, tras el descalabro de Waterworld, acudiendo a un refugio seguro a lo largo de su carrera: el cine deportivo. Tin Cup, dirigida por otro especialista en el género como Ron Shelton, es una agradable comedia romántica crepuscular ambientada en el mundo del golf y permitió que la carrera de Costner no cayera en KO técnico, a la espera de poder ganarse de nuevo a crítica y público con su nueva película como director. Dicha película se titulaba Mensajero del futuro, y Costner esperaba que significara su comeback por todo lo alto en 1997.

Y así, mes a mes y película a película, llegamos por todo lo alto a la temporada navideña. A mediados de noviembre, Disney estrenó El jorobado de Notre Dame  la película que estaba llamada a hacer olvidar  la relativa decepción que había supuesto Pocahontas. Y las sensaciones fueron agridulces. En primer lugar, porque, aun siendo un éxito comercial, la película continuó con la trayectoria descendente de recaudación que venían experimentando los  clásicos Disney tras haber tocado techo con El rey león. En segundo lugar, porque la polémica acompañó a su estreno. Polémica por cambiar el final trágico de la historia original de Victor Hugo, pero, sobre todo, por cambiar la profesión del villano Juez Frollo, que era sacerdote en la novela. En tercer lugar porque la película sufre los desajustes propios de un guión que muchas veces quiere, pero nunca termina de atreverse: así, muchos niños no terminaron de conectar con lo adulto y trágico de la propuesta, y muchos padres se sintieron incómodos por las más que evidentes intenciones sexuales del villano para con Esmeralda, la heroína de la película. Esta sordidez, impropia de una película infantil, termina causando que los personajes de las gárgolas, alivios cómicos de manual, nunca terminen de encontrar su sitio dentro de la historia, por lo que al final molestan en el tono más de lo que aportan en lo narrativo. En cuarto, y último, lugar, y como consecuencia de todo lo anterior, la película solo logró una nominación al Oscar (logro paupérrimo si se compara con la trayectoria de los clásicos Disney a lo largo de la década), la de Mejor Banda Sonora de Comedia o Musical, que, para más INRI terminaría perdiendo ante la partitura compuesta por Rachel Portman para Emma. A pesar de todo ello, el prestigio de El jorobado de Notre Dame no ha dejado de crecer desde el momento de su estreno, y con justicia. Probablemente nos encontremos ante el clásico Disney más adulto y perturbador, y aspectos técnicos tales como los travellings por la catedral o los movimientos de masas siguen resultado asombrosos a fecha de hoy.

"¿Y AHORA? ¿AHORA YA VA LA TDT?"
“¿Y AHORA? ¿AHORA YA VA LA TDT?”

El prestigio de El jorobado de Notre Dame no ha dejado de crecer desde el momento de su estreno, y con justicia

Además de El jorobado de Notre Dame, el cine navideño del 96 también nos dejó otra joya a la que el tiempo ha terminado poniendo en valor: Matilda. La que probablemente sea la mejor adaptación al cine de la obra de Roald Dahl llegó a los cines españoles el 20 de diciembre, y, al igual que en el resto del mundo, sus potenciales espectadores estaban demasiado ocupados, con cosas, sin lugar a dudas, menos importantes, porque su aceptación popular fue más que limitada. Y eso fue una flagrante injusticia. Nadie mejor que Danny DeVito (un excelente director al que Hollywood mantiene fuera de combate sin darse cuenta de que no debería poder permitirse semejante lujo) para plasmar en imágenes la sensibilidad de Dahl, con esa distorsión crítica (próxima al esperpento) de la realidad que siempre ha llevado a gala. Con una narración que siempre adopta el punto de vista de su protagonista, con una realización plagada de zooms, picados, contrapicados y demás figuras de distorsión, Matilda es una lúcida patada a la sociedad de su tiempo (de nuestro tiempo) propinada en el culo de las convenciones del cine infantil más típico y perezoso.

La cartelera navideña del 96  fue, también, el campo de batalla del último enfrentamiento entre dos de las estrellas más taquilleras de la década: Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger. El primero estrenaba Daylight (Pánico en el túnel), probablemente la última gran superproducción de su carrera. Daylight narraba la historia de los supervivientes a una explosión que les había dejado encerrados en un túnel de acceso a Manhattan. Si la película ya era cuanto menos fallida en el momento de su estreno, en la actualidad, como casi todo el cine de Rob Cohen, resulta un poco como Aramís Fuster: vieja, torpe,tramposa, depresiva, aparatosa. Y, lo que es peor, barata. Daylight fue un considerable fracaso en la taquilla americana, pero sus números internacionales lograron que al final recuperara costes. La apuesta de Schwarzenegger fue por el género de la comedia navideña. En Un padre en apuros interpretaba a un progenitor capaz de todo por comprar un juguete llamado Turbo Man a su hijo. A partir de esa premisa, enredos, persecuciones y muchas dosis de vergüenza ajena. La película cumplió en lo comercial, no así en su recepción crítica, pero tampoco lo suficiente como para que Schwarzenegger volviera a intentarlo con la comedia (al menos voluntaria).

"Pon la cara, hijo, que vamos a jugar a que yo soy Brad Pitt, tú Maddox y vamos en un avión"
“Pon la cara, hijo, que vamos a jugar a que yo soy Brad Pitt, tú Maddox y vamos en un avión”

El año terminaba con lo que sería el inicio de la despedida definitiva de dos de los mayores iconos del cine comercial de su tiempo

Así que el año terminaba con lo que sería el inicio de la despedida definitiva de dos de los mayores iconos del cine comercial de su tiempo. Si hacemos caso de Bertolt Brecht cuando decía que la crisis es ese momento en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer, Hollywood se encaminaba derecho a una crisis. Y gran parte del cine de 1997 no hizo sino confirmarlo. Pero eso es material para otro artículo. Para otros artículos. Artículos que hablen de los grandes éxitos y fracasos del cine que teníamos por delante. Permanezcan en sintonía.

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