Veinte años no es nada: Otoño del 98

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

El Fotogramas del mes de octubre de 1998 contenía cinco anuncios distintos de marcas de tabaco. Esa es una de las cosas que más llama la atención cuando uno revisa las revistas de aquella época, la presencia apabullante de la publicidad de cigarrillos, que sería posteriormente prohibida. Pues bien, las malas lenguas por aquel entonces decían que contratar anuncios en revistas no era la única forma en que las compañías tabaqueras invertían su dinero en publicidad en el mundo del cine. Mi leyenda urbana favorita del cine del otoño del 98 (y créanme, hubo varias, muy jugosas; las revisaremos en este artículo) era aquella que decía que Malboro había sufragado gran parte del presupuesto de El hombre que susurraba a los caballos porque su aspecto remitía directamente a los anuncios de la compañía.

Y, de ser cierto, no hubiera sido mal negocio. El hombre que susurraba a los caballos costó 60 millones de dólares, y recaudó mundialmente más de 180. Pero ello no impidió que la película permanezca en el imaginario colectivo como un fracaso. En primer lugar porque la adaptación a la gran pantalla de la novela homónima de Nicholas Evans aspiraba a entrar en la temporada de premios por su ambición, su desmesurada duración (168 minutos) y la fortaleza de su equipo técnico y artístico, y al final hubo de conformarse con una sola nominación a mejor canción (que es la humillante forma que tiene la Academia de decir que no te ignoran porque no te hayan visto, te ignoran porque no les has gustado). Y en segundo lugar por el menosprecio con el que se ha tratado siempre la carrera del Robert Redford director desde que arrasara en los Oscar de 1980 con su debut tras las cámaras con (la magnífica) Gente corriente. El hombre que susurraba a los caballos era un precioso melodrama sensible y adulto. Y sigue siéndolo veinte años después. Es lo que tiene el clasicismo, que parece que llegas fuera de tiempo, y al principio todo son risas y codazos y “mira tú la vieja esta” pero cuando pasa el tiempo ahí sigues, firme e inasequible a la edad. Estoy convencido de que Robert Redford hubiera preferido que su cara envejeciera al menos igual de bien que su filmografía.

Otra película a la que, por el clasicismo de sus formas se la acusó de prematuramente vetusta fue a El abuelo, de Jose Luis Garci, un proyecto que nació como miniserie para Televisión Española pero que acabó conociendo un exitosísimo estreno en cines y que terminaría su aventura el 21 de marzo de 1999 en el Dorothy Chandler Pavilion entre las cinco candidatas al Oscar a mejor película de habla no inglesa. El propio Garci contaba que los hermanos Weinstein compraron los derechos de la película en cuanto se conoció la nominación, con el único objetivo de guardarla en un cajón para no perjudicar las posibilidades de La vida es bella, su caballo ganador de aquel año. No fue el único incidente en el que se vio envuelta El abuelo, dado que, en los días previos a la ceremonia de los Goya, personalidades próximas a las candidaturas de La niña de tus ojos acusaron sin pruebas al director y productor (y por aquel entonces máximo responsable de Qué grande es el cine, programa que educó a toda una generación de cinéfilos los lunes por la noche en La 2) de intentar comprar votos para su película. Aquello terminó con Garci fuera de la Academia, separación que veinte años después sigue sin arreglarse. Y todas esas polémicas solo sirvieron para ensombrecer el recuerdo de una película prodigiosa, con un trabajo de dirección invisible y cuidadísima en sus apartados técnicos. Pero, si algo ha terminado por trascender al imaginario colectivo, es la interpretación de un Fernando Fernán Gómez colosal, que se pone la película por montera ayudado por un Rafael Alonso (en su última aparición en la gran pantalla, antes de que un cáncer se lo llevara para siempre sin darle tiempo a participar en la mezcla de sonido, por lo que su voz en la película pertenece a otro actor) perfecto en su labor de actor de reparto.

“Una sola lección os voy a dar: si algún día alguien os inoportuna, A LA MIERDA le habéis de mandar”

Los Weinstein compraron los derechos de la película con el único objetivo de guardarla en un cajón

Como decíamos, La niña de tus ojos fue la principal competencia de El abuelo en los Goya de 1998. Y sería la que terminaría llevándose el gato al agua. La comedia de época de Fernando Trueba era un canto de amor a parte de la historia más desconocida de nuestro cine, con un reparto coral que incluía a gran parte del pasado, el presente y el futuro del cine español. Pero lo que de verdad terminó siendo fue la despedida de España por la puerta grande de la mayor estrella que haya dado nuestra industria. En La niña de tus ojos Penélope Cruz emite tanta luz que con su sola presencia resulta imposible vislumbrar cualquier otra estrella. Ver a Cruz en La niña de tus ojos es un poco sentirse como ese aficionado de segunda que sabe que en su equipo está disfrutando de un crack que está destinado a empresas más grandes. Y eso es lo mejor, que no es poco, que puede decirse de La niña de tus ojos, una película con unos problemas tonales tan grandes que termina pareciendo el bobo del pueblo, aquel que da igual si quiere ser serio o hacerse el gracioso, siempre da un poco de bochorno y terminas prefiriendo apartar la mirada.

Otra propuesta del cine español en el otoño del 98 fue El milagro de P. Tinto. Y nada de lo que uno pueda decir aquí de esta película podrá hacerle justicia. Porque ninguna película, jamás, ha arañado siquiera la superficie de parecerse a El milagro de P. Tinto. Javier Fesser debutó en la pantalla grande con la más libérrima de sus producciones, escrita a cuatro manos con su hermano Guillermo (por aquel entonces el 50% del dúo cómico Gomaespuma, presentadores del programa matinal homónimo de M-80 Radio). A fecha de hoy, resulta imposible comprender cómo nadie en su sano juicio decidió financiar una película no precisamente barata que mezclaba costumbrismo radical, expresionismo alemán, anarquía de tebeo, muchísimos efectos especiales, equívocos delirantes y el protagonismo absoluto de un señor (espléndido Luis Ciges) de 80 años.

Florentino Pérez con Dertycia y Pierluigi Collina en la final de la Champions League de 1998.

Nada de lo que uno pueda decir aquí de esta película podrá hacerle justicia

Y por si no fuera poco con estas tres propuestas para determinar que hace veinte años vivimos la mejor temporada de cine español que se recuerda, todavía nos queda el plato fuerte. Desde el mismo día de su presentación en el Festival de San Sebastián, Barrio se convirtió en la favorita para todo de aquella edición. Al final, para no romper esa bella tradición histórica de palmareses disparatados tan típica de Donosti, el jurado presidido por el productor Jeremy Thomas decidió premiar El viento se llevó lo qué, de Alejandro Agresti y la segunda película de Fernando León de Aranoa tuvo que conformarse con el premio al mejor guión. Y si bien las modas, tan caprichosas en el cine español (sobre todo con sus popes de los 90), han terminado por hacer de menos a su filmografía, Barrio perdura como algo muy cercano a una película perfecta. Barrio es divertida, tierna, sensible, pero también áspera y desoladora por momentos; y contiene una generosa ración de denuncia. Esa historia de esos tres chavales que pasan un verano más en un suburbio de Madrid está anclada en un tiempo y un lugar muy concretos, pero, a su vez logra resultar atemporal y universal.

Y para redondear las buenas noticias para el cine español, la gran apuesta comercial de Sony y Columbia para aquellas navidades venía protagonizada por Antonio Banderas. Jamás un actor español ha estado tan claramente al frente de un blockbuster como Banderas en La máscara del zorro. Y la película funcionó estupendamente bien entre crítica y público. Como para no hacerlo. Martin Cambell estaba en plena forma, recién llegado del rodaje de Goldeneye, y la película es un Episodio Uno ejemplar. De haberse estrenado hoy, La máscara del zorro habría recaudado 800 millones en todo el mundo y habría sido, más que una película, un estandarte para los latinos similar a lo que Black Panther ha supuesto para los afroamericanos. De hecho, la obsesión de Steven Spielberg, su productor ejecutivo, por hispanizar su reparto le llevó a contactar con Emma Suárez para interpretar el personaje que terminaría convirtiendo en una estrella a Catherine Zeta-Jones (¡la que le caería hoy a una galesa por atreverse a dar vida a una hispana!). Cuenta la leyenda que una noche Stanley Kubrick la descubrió en un pase televisivo de La ardilla roja y que le impresionó tanto que terminaría recomendándosela a Spielberg. Veinte años después, Julio Medem también ha empezado a contar que también le querían a él como director. Y le creeremos. Porque resultaría un poco triste que pensáramos que se lo inventa para obtener su dosis de casito. Y seguro que eso sería muy poco propio de Julio.

“Mira, Antonio, te voy a pasar a mi representante, que a mí después de El silencio de los corderos me está colocando en unas películas buenísimas”

Jamás un actor español ha estado tan claramente al frente de un blockbuster como Banderas en La máscara del zorro

Y si en La máscara del zorro los españoles eran mostrados como asesinos y explotadores desalmados, tampoco corrían mejor suerte en la imagen que proyectaban en Elizabeth. Claro que también los franceses aparecían reflejados como pervertidos incestuosos, aunque, claro, eso es algo que podría considerarse naturalismo. Lo cierto es que, en general, Elizabeth es una película tan británica que casi cualquier costumbre ajena a la idiosincrasia inglesa, como emplear el sistema métrico decimal, arreglarse la dentadura o permanecer en un balcón sin sentir irrefrenables ansias por saltar al vacío, es retratada como barbarie. Lo cual no deja de ser curioso teniendo en cuenta que su director es hindú y su protagonista, Cate Blanchett, australiana. Y precisamente el haber sido la presentación en sociedad de Blanchett, que se convirtió en una estrella justo tras la proyección del primer pase de la cinta, es el principal mérito de Elizabeth, que por lo demás no deja de ser una especie de Grandes Relatos televisivo sobre la juventud de Isabel I. Resulta curioso cómo una película con un aspecto visual tan deslavazado, diríase incluso que cutre teniendo en cuenta que costó la estimable cifra de 30 millones de dólares de 2018, pudo llegar a tener siete nominaciones a los Oscar y a ganar el de mejor maquillaje.

Y fue precisamente El show de Truman la película que más afectada se vio por el hecho de que Elizabeth se convirtiera en el sleeper de la temporada de premios de 1998. Porque cuando la cinta protagonizada por Jim Carrey se estrenó en España, a fecha de 30 de octubre (cuatro meses después de su estreno americano), todos dábamos por hecho que el duelo en los Oscar de aquel año lo iba a lidiar el bueno de Truman con el soldado Ryan. Pero la academia decidió que no. Que aquella película que había enamorado a la crítica (90% de reseñas positivas entre otras, aquellas que la definían como “la obra de arte más cara jamás filmada”, “la película de la década”) y al público (su recaudación cuadriplicó su presupuesto) solo iba a tener tres míseras nominaciones a la estatuilla dorada (a Peter Weir como director, a Ed Harris como actor secundario y al guión de Andrew Niccol) quedándose fuera de categorías como mejor película, mejor actriz secundaria (Laura Linney), mejor montaje y, sobre todo, mejor actor protagonista (Jim Carrey empezó a darse cuenta de que era persona non grata para la academia, algo que Man on the moon y The majestic terminarían por confirmarle). El caso es que El show de Truman es una sátira tan bella, tan perfecta y tan profética que uno no termina de desentrañar si aquello que cuenta ha terminado por cumplirse en la vida real porque su guión supo leer las señales correctas para anticiparse a una tendencia inevitable o todo aquello fue una profecía autocumplida que solo empezó a tomar forma una vez que los espectadores accedieron a la película y consideron deseable la realidad que esta denunciaba.

– Dime algo sucio.
– Los próximos 20 años de tu carrera, Joseph.

Los franceses aparecían reflejados como pervertidos incestuosos, aunque, claro, eso es algo que podría considerarse naturalismo

Al igual que Jim Carrey, otro cómico que se puso serio para contarnos una historia bigger tan life fue Robin Williams, que el cuatro de diciembre de 1998 estrenó entre nosotros Más allá de los sueños. Por algún extraño motivo la buena gente de Polygram consideró que las fechas navideñas eran las más adecuadas para que la familia disfrutara de una película en la que a la media hora el protagonista:

  1. Pierde a sus hijos en un accidente de tráfico
  2. Muere en un accidente de tráfico (esto antes del carnet por puntos pasaba más)
  3. Descubre desde el cielo que su mujer se ha suicidado y está condenada a pasar el resto de la eternidad en el infierno

La gente salía de la sala con la cara hinchada de tanto llorar y por lo que fuera no recomendaba la película (que además de triste era cursi rato largo). Tengo amigas completamente traumatizadas por haberse metido a verla justo cuando acababan de pasar por una pérdida familiar despistadas por el póster de colorinchis y el nombre de Robin Williams bien grande en todo lo alto. Total, que la película perdió dinero a manos llenas hasta el punto de acabar con la carrera de Vincent Ward, su director. A cambio, ganó un Oscar a los mejores efectos especiales (hoy envejecidísimosl) y se ganó cierto posicionamiento en el imaginario colectivo de gente que sin lugar a dudas debería hacer un esfuerzo mayor por tener amigos y salir a la calle.

Otro título que se ha ganado el estatus de película de culto con el paso del tiempo ha sido Un romance muy peligroso, un producto orquestado en torno a un par de estrellas emergentes (George Clooney y Jennifer Lopez), que terminaría haciendo perder unos 20 millones de dólares a Universal pero que, a cambio, serviría para afianzar la carrera de ambos actores y permitiría a Steven Soderbergh introducirse por primera vez dentro del sistema de estudios en una época en la que le llamaban más bien poco y todos creían que, a pesar de tener tan solo 35 años, ya estaba completamente acabado. Jamás Soderbergh ha empleado tanto los colores cálidos como en Un romance muy peligroso, una película sin la que hubiera sido imposible concebir el personaje de George Clooney en los anuncios de Nespresso. Todo importa más bien poco en esta adaptación de Elmore Leonard, salvo ver cómo se mueven, sonríen y perrean mentalmente sus dos estrellas protagonistas, dos seres humanos tan bellos y sensuales que uno termina la película con ganas de encender un pitillo y taparse las vergüenzas con las sábanas.

-¿Sabes en qué os parecéis un barreño y tú?
-En qué, George.
-En que los dos sois “LA TINA” juas, juas, juas
-Lo dejo. De verdad que lo dejo y de esta me hago cantante.

Una película sin la que hubiera sido imposible concebir el personaje de George Clooney en los anuncios de Nespresso

Otro ejemplo de cine policiaco, mucho más testosterónico y virilizado, es el que ese mismo otoño del 98 nos ofreció Negociador. Una película en la que sus dos actores protagonistas hacen en pantalla lo que mejor saben hacer: Samuel L. Jackson pierde los nervios y Kevin Spacey se dedica a incomodarle, no dejarle en paz y susurrarle cosas como “Sé bueno”, “Puede que lo que esté pasando no te guste, pero mira hacia otro lado” o “Puedo conseguirte lo que quieres si me dejas hacer…”. Negociador es el típico policiaco de la Warner de los 90: áspero, férreo, adulto, muy consistente. Curiosamente, a pesar de que hoy está más que reivindicado, hizo perder unos 25 millones de dólares al estudio en su época, quizás por su tono íntimo a pesar de que el tráiler te vendía un producto con helicópteros y tono espectacular. Es probable que su fracaso fuera la primera advertencia del público al estudio de que las tendencias empezaban a cambiar.

Otros 25 millones de dólares terminaría perdiendo Paramount con otro thriller policiaco, aunque este mucho más lúdico y circense en su puesta en escena, como corresponde al carácter de Brian De Palma, su director, y Nicolas Cage, su actor protagonista. Ni crítica ni público fueron especialmente condescendientes con Snake Eyes, y ambos se dejaron llevar en sus apreciaciones por los fuegos artificiales que ofrecía su (tan falso como espectacular) plano secuencia inicial, sin intentar ver que, más allá del artificio la película escondía un brillante trampantojo sobre la narración y la memoria. Con el tiempo han ido saliendo a la luz bastantes defensores de Snake Eyes, pero todavía prevalece la opinión mayoritaria de que es una obra menor o meramente alimenticia de su director. Nada más lejos de la realidad. Es una joya a redescubrir.

“¡DETÉNGANLE, ES EL HOMBRE QUE ME VENDIÓ ESTA CAMISA!”

Más allá del artificio la película escondía un brillante trampantojo sobre la narración y la memoria

¿Y a que se debió que tantas películas policiacas perdieran dinero a lo largo del otoño de 1998? Pues a que el público masculino estaba ocupado llevando en volandas a una comedia romántica hasta el tercer puesto de película más taquillera del año. Algo pasa con Mary fue un fenómeno tal que alcanzó el número uno de taquilla en su octava semana en cartel, tras pasar más de siete en el top 5 y su recaudación final terminaría multiplicando por quince su presupuesto de 23 millones de dólares. Algo pasa con Mary fue, cuatro años después de Dos tontos muy tontos y dos años después del fracaso de Vaya par de idiotas, la confirmación de que los Hermanos Farrelly terminarían siendo los directores más influyentes en la comedia americana de los 90. Lo cual es meritorio teniendo en cuenta que no tenían ni la más remota idea de dónde colocar una cámara (veinte años más tarde, Peter va a estar nominado al Oscar en su debut en solitario, en el que probablemente sea el mayor caso de traición fraternal desde lo de Caín y Abel). El secreto comercial de Algo pasa con Mary parecía similar al de cualquier explorador decimonónico: llegar hasta donde nadie se había atrevido y, una vez allí, dar un paso (o veinte, o cien) al frente: cuando, a los diez minutos de película, se presenta un plano detalle de un pene y unos testículos atrapados por una cremallera, el espectador tiene claro el terreno que está pisando, y ya solo sabe que a partir de ahí todo vale. Si a ello le sumas una Cameron Diaz en estado de gracia (jamás una estrella se ha mostrado tan guapa, tan divertida y tan desvergonzada), el éxito parecía inevitable. A pesar de que es posible, y comprensible, que en Fox estuvieran aterrados y no supieran qué diablos hacer con aquella película.

Del mismo modo que en Warner no tuvieron ni idea de qué diablos hacer con Prácticamente magia: una película de brujas que a la vez era una comedia romántica, un drama criminal, un thriller sobrenatural y una feel good movie familiar. Y porque a Akiva Goldsman no le dejaron meter 15 páginas más de guión, porque al ritmo que iba hundía un trasatlántico y organizaba un viaje espacial. Así que en Warner cerraron los ojos, señalaron con un dedo una fecha al azar y salió mediados de octubre, con vistas a Halloween. Y, vaya usted a saber por qué, el resultado terminó siendo de unos cuarenta millones de dólares en pérdidas, algo que parece descabellado a simple vista, pero no tanto cuando uno descubre que aquel despropósito costó 75 millones de dólares. Lo cual pudo ser terrible para la carrera de dos actrices que luchaban denodadamente por sentarse en el trono de Hollywood: habían pasado ya tres años y cinco películas desde Mientras dormías, el anterior éxito sin paliativos de Sandra Bullock, y aún faltaba año y medio para que la industria terminara de tomarse en serio a Nicole Kidman.

Ojalá un remake gallego titulado “¿Meigas o pulpeiras?”

Una película de brujas que a la vez era una comedia romántica, un drama criminal, un thriller sobrenatural y una feel good movie familiar

Precisamente Sandra Bullock formaba parte del elenco de voces de El príncipe de Egipto, la segunda producción animada de Dreamworks, tras el fracaso de HormigaZ ese mismo año. El príncipe de Egipto era una apuesta muy ambiciosa del recién nacido estudio, que apostaba todas sus fichas en animación a diferenciarse de la estética de los Clásicos Disney. Así, el tono de El príncipe de Egipto era grave, sus colores apagados y parduzcos y sus personajes estaban diseñados a partir de líneas rectas. El resultado era visualmente impresionante por momentos, pero también poco atractivo y demasiado crudo para los más pequeños de la casa. Un poco como el de una película de catequesis si es que tu catequista es Steven Spielberg. A pesar de ello, la película ganó un Oscar a mejor canción original y consiguió recaudar el triple de su presupuesto. Y, en la actualidad, goza de mucho predicamento entre aquellos que la vieron justo antes de su adolescencia.

La gran competencia de El príncipe de Egipto en las navidades de 1998 fue, precisamente, el Clásico Disney que tocaba aquel año, que se estrenó en las pantallas españolas con los cinco meses de retraso de rigor en aquellas producciones por aquel entonces (del 19 de junio en Estados Unidos al 20 de noviembre en España) y sus recaudaciones, aun siendo mastodónticas (más de 300 millones de dólares en todo el mundo), continuaban presagiando la tendencia descendente de la animación Disney tras un primer lustro de década espectacular (cada clásico Disney desde El rey león recaudaba menos que el anterior). En la actualidad, Mulan es muy reivindicada por su carácter pretendidamente feminista y por la espectacularidad de sus escenas de masas. Y, si bien es cierto que en su momento me resultó un clásico Disney claramente menor, no lo es menos que atesora momentos de gran cine en sus imágenes.

Las de Mulan no eran las tetas más grandes de aquella compañía.

Sus recaudaciones continuaban presagiando la tendencia descendente de la animación Disney tras un primer lustro de década espectacular

Y esta era la cartelera con la que decíamos adiós 1998 y nos disponíamos a entrar en un año, 1999, que aún hoy es recordado como probablemente el mejor del Hollywood reciente. De momento, en los próximos tres meses llegarían gran parte de las candidatas a los Oscar del 98. También la que, sorprendentemente, terminaría siendo la ganadora. Pero eso ya es materia de los próximos artículos…

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