Veinte años no es nada: Primavera del 96

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

Finales de marzo de 1996. En España, el PSOE acababa de perder las elecciones generales contra el PP de Jose María Aznar, y Felipe González debía abandonar la presidencia. En el mundo del cine, Braveheart acababa de ganar el Oscar a la mejor película producida en 1995, iniciando ese lustro de esplendor en la que pasaría a ser considerada su película favorita por todo aquel machote de bien que se preciara de serlo: “Soy hombre y me gusta la épica, pero no renuncio a parecer sensible y amante del buen cine. Gracias Academia de Hollywood, Braveheart es mi película”. Este reinado duró hasta que, cinco años después, se estrenó Gladiator, pero esa es otra historia. Uno leía la Don Balón (bueno, sí, yo la leía), y todos los futbolistas, semana tras semana, coincidían cuando le preguntaban por su película favorita: Braveheart, decían. Que podían haber dicho Sentido y sensibilidad, que ganó mejor guión, pero se conoce que esa no la tenían tan vista.

Primavera del 96, decíamos. Jim Carrey sublimaba la esencia de su estilo saliendo del culo de un rinoceronte. El 29 de marzo se estrenaba en España Ace Ventura: Operación África, y que aquella película se convirtiera en un éxito de taquilla fue la confirmación de que Carrey era una estrella. En apenas diez meses, los que van de agosto del 94 a junio del 95 el actor había estrenado en nuestro país cuatro triunfos incontestables de taquilla: Ace Ventura, La máscara, Dos tontos muy tontos y Batman Forever. Carrey convertía en oro todo lo que tocaba. Fiel a su estilo, dueño de una gestualidad imposible, tan histérica como histriónica y alejado de términos como sutileza, hieratismo o buen gusto, Carrey era una estrella honesta, de un solo registro. El público sabía perfectamente qué se iba a encontrar cuando abonaba el precio de la entrada en taquilla, y él se lo ofrecía, gustoso. El nuevo Jerry Lewis, decían, es como un personaje de Tex Avery en imagen real. Yo llegué a leer a un artículo en el que defendían que su físico era perfecto. Veinte millones de dólares le habían pagado por su próximo proyecto. Nunca, jamás, ningún actor había cobrado tanto por una película. Pero era una inversión perfecta. Segura. Rentable. Un loco a domicilio, se llamaba. Y se estrenaría ese verano.

El doce de abril, siete meses después de su estreno en USA, llegaba a nuestras carteleras Días extraños. Kathryn Bigelow venía de reventar las taquillas, cinco años atrás, con Le llaman Bodhi, pero en esta ocasión se la pegó. Siete millones de dólares de recaudación para una película que había costado cuarenta y dos. James Cameron se la había escrito. James Cameron se la produjo. Cuatro años antes, se habían divorciado. Si yo me divorcio de mi mujer, probablemente ella se quede el piso y yo el coche y la tele. Pero yo no vivo en Hollywood. Allí se reparten mansiones y guiones. Y parece ser que Bigelow se quedó con la custodia del niño tonto. Cinematográficamente hablando, se entiende.

Alaska y Mario
Alaska y Mario

James Cameron se la había escrito. James Cameron se la produjo. Cuatro años antes, se habían divorciado

El tiempo ha puesto en valor a Días extraños. Hoy es una película de culto. De culto de verdad. De ese tipo de culto que incumbe a una minoría, fiel y documentada. No formo parte de ella, pero existe. Días extraños llegó tres años antes del que podía haber sido su momento. En 1999, la cartelera se llenó de thrillers apocalípticos y Matrix presentó el cyberpunk al gran público, iniciando un idilio que duró un par de años en los se pusieron de moda las levitas de cuero. Ese, y no otro, hubiera sido un terreno fértil para Días extraños y sus metáforas sobre la drogadicción tecnológica, su apocalipsis y su Los Ángeles, digno de Blade Runner, lleno de violencia, lluvia, fuego y neones. Juliette Lewis no volvió a protagonizar ninguna superproducción. Ralph Fiennes nunca volvió a estar tan insultantemente guapo y macarra.

Una semana después, el viernes 19 de abril, Lewis también estrenó película. Abierto hasta el amanecer era una gamberrada, un pequeño artefacto pirotécnico cinematográfico escrito y dirigido por dos amigos inseparables, los nuevos chicos malos de Hollywood: Quentin Tarantino y Robert Rodriguez. Al frente del reparto, en su primer papel importante en la gran pantalla, y recién llegado del set de Urgencias, otra joven promesa: un George Clooney de pelo azabache. Semejante gamberrada venía de presentarse en el Festival de Berlín, donde se disputó con Doce monos el honor de ser la película peor recibida del certamen. La cinta con mejor acogida fue la valiente, pero hoy olvidada, Pena de muerte. Para que pongamos los festivales en perspectiva.

Cuando Eva Hache presentaba El club de la comedia
Cuando Eva Hache presentaba El club de la comedia

Abierto hasta el amanecer era una gamberrada, un pequeño artefacto pirotécnico cinematográfico

Abierto hasta el amanecer no fue la única propuesta de Tarantino y Rodríguez para esa primavera. Un mes después, el diecisiete de mayo, estrenarían en nuestras pantallas Four rooms: una película de episodios, con cuatro cortometrajes unidos, solamente, por el hecho de acontecer la misma nochevieja en un mismo hotel. Un Tim Roth más slapstick que nunca, como  atribulado botones, era la víctima tangencial de todas las historias. En un principio, la película funcionaba como presentación en sociedad de cuatro directores emergentes del cine independiente americano. La realidad es que los que eran desconocidos entonces para el gran público (Allison Anders y Alexandre Rockwell) siguieron siéndolo y los que ya eran estrellas (Rodríguez y Tarantino) salieron triunfantes. Las dos primeras historias eran completamente intrascendentes y faltas de ritmo. La de Rodríguez, la tercera, fue la mejor recibida. La crítica, en cambio, masacró a Tarantino por atreverse a remakear a Alfred Hitchcock en su segmento. Lo cierto es que ambos fragmentos son los que elevan la película, y una lección de ritmo, montaje y mala leche.

El espíritu de don Alfred Hitchcock no solo estaba presente en Four Rooms, sino también en otros dos estrenos: A la hora señalada y Decisión crítica. La primera, es un thriller juguetón e inofensivo que transcurre a tiempo real (es, casi, un capítulo alargado de 24), y que es recordado por ser una de las pocas ocasiones en las que Johnny Depp hace de persona normal. La segunda es, probablemente y con permiso de Alerta máxima, la mejor película de Steven Seagal. Y también, la película que mejor ha aprendido el truco narrativo de Psicosis, solo que en esta ocasión el motel es un avión y Janet Leigh nuestro viejo amigo Seagal.

Lo que tenía que haber hecho Tim Burton hace mucho tiempo
Lo que tenía que haber hecho Tim Burton hace mucho tiempo

A la hora señalada es recordada por ser una de las pocas ocasiones en las que Johnny Depp hace de persona normal

Menos hitchcockiana, a pesar de ser también un thriller (el thriller es el género de los noventa, tenga como apellido erótico, psychokiller o judicial, como en este caso) era Las dos caras de la verdad. Y digo menos hitchcockiana porque  es una película que más que por el suspense, apuesta por la sopresa. Nadie que la haya visto podrá olvidar sus últimas escenas. Esas que le valieron la nominación al Oscar a Edward Norton en su primera película. El que pronto sería nombrado el mejor actor de su generación debutó en el cine gracias a la espantada de Leonardo DiCaprio, que se negó a interpretar un papel para el que siempre fue la primera opción. Tras el rechazo de la joven estrella, se efectuó a un casting con más de 15.000 actores. Y el ganador fue Norton. Un tipo con talento, aquel que supo descubrirle entre tanto candidato.

El 26 de abril se estrenaba Una jaula de grillos. La magnífica comedia de Mike Nichols fue un fenómeno en Estados Unidos, una de las diez películas más taquilleras de su año y terminaría siendo nominada a un Oscar y ganando el SAG (qué tiempos aquellos en los que una película como Una jaula de grillos podía ganar el SAG). En España la crítica la masacró. Entre otras cosas porque, por desconocimiento, la trataron más como un remake de la francesa Vicios pequeños que como otra adaptación de La jaula de las locas, texto teatral en la que ambas se basaban. La película, completamente adelantada a su tiempo, era un alegato incondicional de la unidad familiar independientemente de la condición sexual de sus integrantes, al ritmo del We are family de Sister Sledge. Robin Williams construyó su personaje desde la contención, y permitió que un Nathan Lane que nunca ha estado mejor diera rienda suelta a una interpretación hilarante. Hank Azaria, Gene Hakman, Dianne Wiest y una Calista Flockhart aún desconocida (faltaba un año para Ally McBeal y tres para que lograra ser invisible poniéndose de perfil) completaban un reparto construido a base de aciertos. Y un Emmanuel Lubezki de apenas 32 años se marcaba un plano inicial que seguro que estuvo presente a la hora de afrontar Birdman dos décadas después.

"Tírame del dedo y ya verás qué final sorpresa"
“Tírame del dedo y ya verás qué final sorpresa”

El que pronto sería nombrado mejor actor de su generación debutó en el cine gracias a la espantada de Leonardo DiCaprio

La cultura española estaba en racha. No solo habíamos dejado a Antonio Banderas plenamente asentado en Hollywood, sino que, además, la Macarena formaba parte de la banda sonora de Ojo por ojo, un discreto thriller de venganza protagonizado por Sally Field y Kiefer Sutherland que se estrenó ese diez de mayo. No solo eso, sino que una joven realizadora barcelonesa había hecho las américas, y ahora estrenaba entre nosotros su segundo trabajo (y del primero, Demasiado viejo para morir joven, nadie se acordaba ya, siete años después de su estreno). La película se había rodado en inglés, en Oregon, con un reparto íntegramente americano. A la crítica le chifló. Era ese cine indie, tan de moda, tan Miramax, tan de la época, pero a la vez denotaba personalidad. Era una peli triste, cuqui (aunque aún nadie usaba esa palabra). Todos estaban seguros de que esa directora triunfaría en el cine americano. Ella se llamaba Isabel Coixet. La película era Cosas que nunca te dije.

Y, como todos los mayos, llegó Cannes. Y, por aquel entonces, el festival todavía apostaba por rostros nuevos. Y por rostros españoles. Incluso por rostros nuevos y españoles. Julio Medem presentó a concurso Tierra en esa edición. Y el 24 de mayo la estrenó en cines españoles. Y toda la crítica se puso de rodillas, aunque el público no le hizo demasiado caso (a Medem el reconocimiento popular no le llegó hasta Los amantes del Círculo Polar, unos cuantos años más tarde). La historia mezclaba los ángeles con las viñas, las fumigaciones con los viajes astrales. E incluía un trío amoroso con mucho morbo, el compuesto por Emma Suárez, Carmelo Gómez y Silke. La crítica aún no se había aburrido del director donostiarra. Aún era un juguete a estrenar, que pasaba de mano en mano.

-Vengo a llevarme a E.T. -Carmelo, creo que te has equivocado de película.
-Vengo a llevarme a E.T. -Carmelo, creo que te has equivocado de película.

Tierra incluía un trío amoroso con mucho morbo, el compuesto por Emma Suárez, Carmelo Gómez y Silke

Ese fue el Festival de Cannes en el que triunfó Secretos y mentiras, película que saldría directamente catapultada de la Croisette a la ceremonia de los Oscar de 1997. También en esa edición se asistió al primer pase de Fargo, que siguió el mismo camino y se convirtió, desde el momento en el que se vio, en la mejor película de los Coen hasta la fecha. Las otras dos películas que generaron más ruido tras su pase fueron Crash, de David Cronenberg y Rompiendo las olas, de Lars von Trier. La sensación mayoritaria es que había sido una gran edición, y que el jurado falló sin fallar demasiado.

Vista en perspectiva, no fue una mala cosecha la de las películas estrenadas en la primavera de 1996 en España. Lo que todavía no sabíamos era que estábamos tan solo ante el prólogo de uno de los mejores veranos cinematográficos que se recuerdan.

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