Veinte años no es nada: Verano del 97

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

Tras vivir un verano tan exitoso en lo artístico y en lo económico como el de 1996, Hollywood se las prometía felices con el estío de 1997. Pero si algo hemos aprendido de la industria del cine es que en este negocio nadie sabe nada, así que productores y espectadores terminaron dándose de bruces con uno de los peores veranos cinematográficos de la historia.

Y el caso es que el verano no pudo empezar mejor. Will Smith volvió a agenciarse el puente del cuatro de julio por segundo año consecutivo y Men in black fue un nuevo y rotundo éxito, convirtiéndose no solo en la tercera película más taquillera de su año, sino además confirmando a Will Smith como la estrella a batir durante el próximo lustro. Smith aparecía el segundo en créditos y cartelería, por detrás del oscarizado Tommy Lee Jones, y esta situación jamás volvería a repetirse. Men in black ha pasado a la historia como un blockbuster casi perfecto: una buddy movie protagonizada por dos estrellas con química y carisma, con las dosis exactas de espectacularidad, humor y acción, técnicamente irreprochable (ganó el Oscar de maquillaje de su año, siendo una de las pocas estatuillas que perdió Titanic en esa edición) y todo ello en unos ajustados 97 minutos. La película (adaptación de unos cómics de culto de principios de los 90) fue tan exitosa y caló tanto en el imaginario popular que dio lugar a dos secuelas y a una serie de dibujos animados (en la que trabajó muy activamente el artista gallego Miguelanxo Prado). Vista a fecha de hoy, Men in black no ha envejecido un ápice, ni en fondo ni en forma, y resulta una película especialmente útil para rememorar espacios físicos del Nueva York de finales de los 90.

Y si el éxito de Men in black, con sus espartanos 90 millones de dólares de presupuesto, significó la cara de ese verano, Speed 2, con sus totalmente desproporcionados 160 millones de dólares de presupuesto, significó la cruz. Speed 2 partió de un guión rechazado para Jungla de Cristal 4. Algún productor tuvo la brillante idea de sustituir a Bruce Willis por Sandra Bullock (que tres años después se referiría a esta película como “el mayor pedazo de mierda jamás hecho”) y confiar en el talento de Jan de Bont para lograr que un trasatlántico transmitiera una mínima sensación de velocidad. Tras leerse el guión y olerse el percal, Keanu Reeves decidió que le apetecía más hacer una gira mundial con su banda amateur que embarcarse en semejante proyecto. Keanu Reeves venía de rodar Reacción en cadena, tampoco se crean que estaba en una época demasiado exquisita. Tras ofrecerle el papel a medio Hollywood (Christian Slater, Matthew McConaughey, ¡Jon Bon Jovi!), le sustituyó un Jason Patric que posteriormente se refirió a este rodaje como el momento más miserable y depresivo de su carrera. Al final, el único que parecía darse cuenta de la película en la que se encontraba, y disfrutar de ello, fue un Willem Dafoe completamente desatado. Veinte años después, uno ve las secuencias del desalojo del barco de Speed 2 y no puede sino compararlas con algunas muy similares de Titanic, estrenada con apenas cinco meses de diferencia (y “solo” 40 millones de dólares más cara). Y todo ello resulta un agravio para el talento de Jan de Bont. Speed 2 es un claro ejemplo de producción en la que cada decisión tomada empeoraba un poco más el resultado final. Fíjense si puede llegar a resultar molesta que hasta aparece una batucada de Carlinhos Brown.

Nunca, nadie, JAMÁS, ha estado tan triste llevando una camisa de palmeras.

Tres años después Sandra Bullock se referiría a esta película como “el mayor pedazo de mierda jamás hecho”

Otro de los desastres críticos y comerciales de hace veinte veranos fue Volcano, una película que el mismo día de su estreno logró poner en valor a Un pueblo llamado Dante’s Peak, su competencia directa en los que respecta a desastres volcánicos durante ese mismo año. Volcano narra las improbables peripecias de la improbable pareja formada por Tommy Lee Jones y Anne Heche en la improbable situación de que un volcán hiciera erupción en el mismo centro de Los Angeles. Volcano fue el primer síntoma de que no todo valía en el revival  del cine de catástrofes que vivió Hollywood en la segunda mitad de los noventa. La primera piedra de toque, el primer síntoma de decadencia. Todo lucía falso en Volcano, las relaciones familiares, las profesionales, la química de los protagonistas, la chapucera lava digital e incluso las calles de estudio.

Y es que, en lo que respecta a ser una buena mala película, Volcano siempre tuvo mucho que aprender de Anaconda, otro de los blockbusters del verano de 1997. Porque no se puede ser una pésima película mejor de lo que lo es Anaconda. Simple, chapucera en sus transiciones entre efectos especiales animatrónicos y digitales y, sobre todo, con un Jon Voight en una interpretación más grande que la vida. Constantemente ridículo, pero irremisiblemente carismático, tan pronto inexpresivo como sobreactuado, el veterano intérprete ofreció, a esas alturas de su carrera, uno de sus trabajos más memorables. Anaconda costó unos ajustadísimos 45 millones de dólares y terminó recaudando más de tres veces esa cantidad. Su secreto fue lucir como la serie B desprejuiciada que era (para los anales ha quedado ese plano en que el agua de una cascada asciende en vez de descender, porque estaba montado en rebobinado) y ser tan entretenida como intrascendente. Fue, además, la película que terminó de convertir en estrella a una Jennifer Lopez que pudo hacerse con el rol protagonista tras haber sido rechazado por Gillian Anderson.

“Y va y le dice: No, pero me gustaría verlas… ¿Lo pillas? JAJAJAJA… El perro se llamaba mis tetas…”

No se puede ser una pésima película mejor de lo que lo es Anaconda

1997 fue, también, el año en el que Steven Spielberg volvía a ponerse tras las cámaras tras las merecidas vacaciones autoconcedidas tras estrenar Parque Jurásico y La lista de Schindler en 1993. Y lo hizo, por primera y única vez en una película ajena a la saga de Indiana Jones, para dirigir una secuela. Universal tenía tantas esperanzas depositadas en este proyecto que lo utilizó como estreno para una nueva cortinilla inicial (aquella que empleó durante los últimos años de los 90). Y acertó. El mundo perdido: Jurassic Park fue un éxito descomunal. Recaudó 72 millones de dólares (solo un millón menos que todo su presupuesto) durante el fin de semana de su estreno (fue la película con un mejor estreno de la historia y conservó su record hasta que en 2001 fue desbancada por Harry Potter y la piedra filosofal). El mundo perdido: Jurassic Park estaba protagonizada por una semidesconocida Julianne Moore (que posteriormente reconoció que aceptó el empleo para costear su divorcio), un Vince Vaughn que todavía no era un icono de la comedia USA (Spielberg le conoció gracias a un pase privado de Swingers al que asistió para poder conceder permiso para el uso de la música de Tiburón) y un Jeff Goldblum cuyo personaje, a pesar de llamarse Ian Malcom, no tenía nada que ver con el de Parque Jurásico. La película, a pesar de su éxito popular y de contener al menos media docena de brillantes ideas visuales (la secuencia del parabrisas que se resquebraja, la cacería en jeep o la presentación del personaje de Goldblum) no terminó de convencer a nadie. Su desarrollo es torpe, como precipitado, y buena prueba de ello son lo desconectados que están su prólogo y final del resto del cuerpo de su narrativa.

Otro de los grandes éxitos populares del verano de 1997 (y que terminaría siendo la quinta película más taquillera del año) fue Air Force One. La película en la que Harrison Ford interpretaba al presidente de los Estados Unidos fue el último blockbuster exitoso articulado en torno a su persona. Lo cual no deja de ser curioso si se tiene en cuenta que la película iba a ser protagonizada por un Kevin Costner que la terminaría rechazando para poder centrarse en dirigir y protagonizar Mensajero del futuro. Air Force One es, probablemente, la última película de los ochenta rodada en los noventa. Pero no de esos ochenta llenos de coming of age y amable nostalgia, sino de esos otros ochenta conservadores, de Ronald Reagan, sudor y cerveza. En Air Force One los presidentes son republicanos, los malos son comunistas y las situaciones se solucionan a guantazos. La película está dirigida con pulso de hierro por ese gran artesano que es Wolfgang Petersen (que rechazó el score de Randy Newman a pocas semanas del estreno y obligó a trabajar a contrarreloj a Jerry Goldsmith en la composición de uno nuevo), el ritmo es intenso y las escenas de acción están bien resueltas y planificadas. Pero uno no puede sino echar de menos algo de ironía, algo de autoconsciencia, algo de mala baba. Air Force One entusiasmó a Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos en el momento de su estreno, hasta el punto de que pidió verla dos noches seguidas en la Casa Blanca (probablemente bien acompañado y en las filas de atrás) y recientemente Donald J. Trump la nombró como una de sus películas favoritas. Y ese, quizás, sea su gran problema. Que hubiera sido buena señal que Clinton o Trump se hubieran visto un poco ridículos, un poco incomodados, por el reflejo de ellos mismos que les ofreciera.

“Muy bien, Harrison. Y, ahora, recuerda: cintura sola, la media vuelta, Danza Kuduro”

En Air Force One los presidentes son republicanos, los malos son comunistas y las situaciones se solucionan a guantazos

Personalmente, en lo que respecta a thrillers frenéticos de secuestro y medios de transporte, siempre he preferido Breakdown. Un entretenimiento robusto, breve (apenas 90 minutos), seco, rodado en continuidad cronológica en aras de mantener el ritmo, una película sin tiempos muertos ni moralinas. Una carrera contrarreloj en la que el espectador nunca sabe más que el protagonista, y en la que camiones de verdad chocan de verdad y explotan de verdad. Una especie de versión ampliada y americanizada del Frenético de Roman Polanski, solo que cambiando a los franceses por camioneros. Una película más dentro de la línea del cine de acción de medio presupuesto (36 millones de dólares) que protagonizaba Kurt Russell por aquel entonces.

Aunque nada más representativo del cine que rodaba un determinado intérprete por aquel entonces que las comedias románticas de Meg Ryan. Y el verano de 1997 tuvo la suya. Adictos al amor fue un relativo fracaso y a fecha de hoy permanece como una de las películas más olvidadas de la edad dorada de la actriz. Y eso es terriblemente injusto, porque se trata de una de las mejores romcom de Ryan. Adictos al amor es una película profundamente malvada y amoral sobre las segundas oportunidades y el derecho a la venganza de los abandonados. Una película sobre la mirada, sobre el cine dentro del cine, en la que los héroes son meros espectadores de la vida de los otros. Una cinta que se adelantó en un año a El show de Truman, en tres a Gran Hermano y en quince al fenómeno del stalkeo a las redes sociales de los ex. Y a pesar de su giro a la comedia romántica más convencional en el tercer acto, el debutante Griffin Dunne (el actor protagonista del ¡Jo, qué noche! de Martin Scorsese) prometía poder desarrollar una carrera mucho más interesante como director de la que acabó teniendo.

“Ahora no me apetece salchicha, a ver si dentro de un par de años, con Russell Crowe…”

Una cinta que se adelantó en un año a El show de Truman, en tres a Gran Hermano y en quince al fenómeno del stalkeo a las redes sociales

Otro actor que debutó como director en el verano de 1997 fue un por aquel entonces desconocido Billy Bob Thornton. Y el resultado no pudo ser mejor. El otro lado de la vida costó un millón de dólares y recaudó 25 solo en Estados Unidos. A su vez, Thornton fue candidato al Oscar a mejor actor y ganador de la estatuilla al mejor guión original en la ceremonia de 1996. El intérprete se propuso escribir, dirigir y protagonizar su propia película después de que, en una fiesta, Billy Wilder le dijera que era demasiado feo para ser actor. Él se tomó la revancha con este proyecto y compartiendo lecho con Angelina Jolie entre 1999 y 2003. La película, si bien heredera del John Steinbeck de De ratones y hombres, es muy hija de su tiempo (pura estética Miramax y puro subtexto del cine protagonizado por personajes discapacitados en los 90) y bebe en parte del tempo del cine de Jim Jarmusch (que hace un cameo como actor en la película) con planos muy bien sostenidos en el tiempo para dejar respirar a la narración a través de sus actores.

Aunque si de películas articuladas en torno a un solo intérprete hablamos, hay que mencionar que el verano de 1997 perteneció a Rowan Atkinson en Bean. Esta explotation del famoso personaje televisivo apenas costó 18 millones de dólares, y recaudó más de 250. Lo cual es especialmente meritorio teniendo en cuenta que es espantosa y que el guión de Richard Curtis traicionaba en fondo y forma el espíritu del personaje. Un protagonista que comienza siendo el tarado arisco e introvertido que conocíamos, para, en el tercer acto, pasar a convertirse en un habilidoso émulo de MacGyver que acaba llevando su propia película a un clímax consistente en un discurso, algo que no sería necesariamente malo de no ser por el carácter esencialmente mudo de su humor hasta ese momento. El compañero de reparto de Atkinson en semejante despropósito era un Peter MacNicol que en esos momentos también gozaba de su momento de mayor popularidad gracias su papel en la serie Ally McBeal. La película es tan británica y tan hija de su tiempo que no se resiste a hacer chistes sobre el físico de un Príncipe Carlos que ya se encontraba en el punto más bajo de su popularidad en el verano en el que acabaría falleciendo Diana de Gales.

“¡Tú no eres el Bean de la tele! ¡TÚ NO ERES GRACIOSO!”

El guión de Richard Curtis traicionaba en fondo y forma el espíritu del personaje

Pero no fue esta la única comedia con chistes sobre Diana de Gales y el Príncipe Carlos que se estrenó ese verano. De hecho, el estreno británico de Austin Powers: Misterioso agente internacional fue posterior a la muerte de Lady Di y todas las referencias sobre las infidelidades de su esposo y su posterior divorcio fueron eliminadas de las copias estrenadas en las islas. Austin Powers: misterioso agente internacional (cinta, por cierto, producida por Demi Moore) es un tour de force creado al servicio de un Mike Myers que, al más puro estilo de Peter Sellers, interpreta al héroe y al villano de la función (el primer candidato para ponerse en la piel del Doctor Maligno fue Jim Carrey, pero su compromiso previo con Mentiroso compulsivo imposibilitó esta asociación). Y, si bien es cierto que la iconografica saga de Austin Powers no se dispararía exponencialmente hacia el infinito hasta su segunda entrega (en España, con la incorporación de Florentino Fernández como actor de doblaje), todos los ingredientes que convierten a las películas de Austin Powers en experiencias sumamente disfrutables ya se encuentran en su primera aparición cinematográfica. Austin Powers es el pop, la nostalgia, el erotismo, el musical, la parodia y los juegos de palabras intraducibles. Austin Powers representa todo aquello que nos gusta. No ya del cine, sino directamente de la vida.

Y el verano finalizó con la primera película del año que parecía teledirigida para arrasar en la temporada de premios. Robert Zemeckis volvía a estrenar tras el descomunal éxito de Forrest Gump, y lo hacía adaptando a Carl Sagan y con la doblemente oscarizada Jodie Foster y el chico de moda Matthew McConaughey en el reparto. La crítica, obviamente, estaba esperando a Zemeckis con el machete afilado (él, un director de cine comercial, infantil, ganando premios y filmando un texto de Sagan… ¿Qué se había creído ese mindundi?) y machacó su película inmisericordemente. El público tampoco reaccionó como debía, y Contact fue el primer gran fracaso de su carrera. Algo, por otra parte, completamente injusto. La película comenzaba con un plano muy similar a aquel que cerraba Men in black (con el tiempo resulta curioso ver como ciertas películas coetáneas terminan rimando en sus inquietudes) y esa era solo la primera de una retahíla de ideas visuales ambiciosas y bien ejecutadas (baste mencionar el celebérrimo plano del espejo). Contact fue una película muy adelantada a su tiempo, tanto en su retrato de una protagonista fuerte, inteligente e independiente (con un partenaire mucho más joven que ella) como en su respetuoso retrato del conflicto entre religión y ciencia (a pesar de que casi todo lo que incumbe al personaje de McConaughey no termina de resultar del todo atinado). Contact es una especie de versión previa y mejorada del Interstellar de Christopher Nolan, solo que con quince años de anticipación.

“No te rías. En serio. Que hago de sacerdote, no de surfero.”

La crítica, obviamente, estaba esperando a Zemeckis con el machete afilado y machacó su película inmisericordemente

Y, al final, logró una sola nominación a los Oscar. La ceremonia de ese año pasaría a la historia por los récords que batiría una película en concreto, que aún tardaría en llegar. Pero muchas otras, que también lograrían su cuota de protagonismo se estrenarían en España durante los tres siguientes meses…

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