Veinte años no es nada: Verano del 98

¿Qué sucedía en el panorama cinematográfico español hace dos décadas? Analizamos las novedades que ofrecía la cartelera por aquel entonces.

Hollywood todavía intentaba recuperarse de la campaña veraniega de 1997 (tal y como vimos, una de las más pobres, en calidad y recaudación, de la historia) cuando los estrenos del verano del 98 llegaron para demostrar que, si algo le gusta a la industria del cine, es batir sus propias marcas. Aunque sea para mal.

El estreno de City of angels rompió el hielo de la temporada cinematográfica en España. Por lo que fuera (y cuando digo “por lo que fuera” no estoy insinuando que un exceso de estupefacientes o un desconocimiento total del medio cinematográfico tuvieran que ver con esa decisión), alguien pensó que sería una buena idea rodar un remake de El cielo sobre Berlín, un drama existencialista de Wim Wenders, pero protagonizado por Meg Ryan y Nicolas Cage. Y dirigido por Brad Silberling. Recién salido del rodaje de Casper. Que alguien asoció: fantasmas, ángeles, todos están muertos, qué más dará. El caso es que al final la película dio más de 80 millones de dólares de beneficios, y fue extremadamente influyente en los anuncios de Emidio Tucci que El Corte Inglés presentaría en lo que quedaba de década. Todos esos ángeles lacónicos, pintiparados con sus abrigos de tres cuartos viendo amanecer en la playa acabaron convirtiéndose en un lugar común de la época.

Y si de amores intensos y trágicos hablamos, en septiembre llegaría Julio Medem con Los amantes del Círculo Polar. La película favorita de los adolescentes que querían parecer intensos y profundos como los adultos y de los adultos que querían parecer modernos y sensibles como los adolescentes. Y, visto en perspectiva, lo que unos y otros parecieron fue completamente idiotas. Es curioso el caso de Medem. Con Tierra llegó a participar en la Selección Oficial del Festival de Cannes. Los amantes del Círculo Polar concursó en Venecia. Hubo unos años en los que todos pensamos que el Emperador iba vestido. Y, con el tiempo, su cine se cayó. Pero se cayó tanto que lo hizo también a modo retrospectivo. Los amantes del Círculo Polar me pareció una pequeña joya en el momento de su estreno. Pero no solo a mí. Fue una opinión generalizada en un año especialmente bueno para el cine español. Vista hoy, en perspectiva, resulta tan evidente que se cree mucho más inteligente de lo que realmente es que produce ese bochorno tan característico que provoca el tonto del pueblo cuando en las fiestas patronales le dan un megáfono. Y así, tras el revisionado, uno siente miedo de revisitar Vacas o Tierra, que siguen siendo colosales en el recuerdo, certificando aquello de que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver.

El personaje de Ana y su corte de pelo, inspirado en alguna integrante del Comando Vizcaya.

Produce ese bochorno tan característico que provoca el tonto del pueblo cuando en las fiestas patronales le dan un megáfono

Por suerte, Hollywood siempre ha estado ahí para librarnos de la intensidad del amor trágico y mal entendido. Así que qué mejor que una pareja tan trash como Drew Barrymore y Adam Sandler (situados en la escala evolutiva tan solo un escalón por encima de Simón Pérez y Silvia Charro) para una comedia romántica barata y con pocas pretensiones. El chico ideal fue, probablemente, el mayor sleeper del verano del 98. Costó 18 millones y recaudó la friolera de 123 (80 de ellos en el mercado doméstico). Y si funcionó tan bien fue por dos sencillas razones. Primera, la pareja protagonista tenía química. La carrera de Sandler iba hacia arriba, y el éxito de Scream había revitalizado la de Barrymore. Se entendieron tan bien que seis años después repetirían, de nuevo con éxito, en 50 primeras citas. La segunda razón es incluso más evidente: la película funcionaba. Digámoslo sin tapujos, era buena. Los espectadores reían cuando tenían que reír y se emocionaban cuando tenían que emocionarse y para cuando, en el tercer acto, todos corrían hacia el aeropuerto para evitar que ella se marchara para siempre, el espectador estaba entregado. Hay un corazón que late dentro de esta película, y eso es algo que Sandler olvidó repetir en gran parte de sus siguientes proyectos. El chico ideal permaneció de tal forma en el imaginario colectivo americano que, ocho años después, contó con una adaptación al teatro musical en Broadway.

Y, en las antípodas de El chico ideal, el verano del 98 también trajo a nuestras pantallas Seis días, siete noches. Y digo en las antípodas porque, aunque ambas son comedias románticas, esta que nos ocupa no podía estar más insertada en el estatus quo de Hollywood. Harrison Ford cobró veinte millones de dólares como la rutilante estrella que era (venía del exitazo de Air Force One, y ya estaba en esa fase de su carrera en que lo único que le pedía a una película era que le dejaran pilotar un avión) y la industria quería que Anne Heche fuera una estrella (y, como aprendimos un año después en Bowfinger, ella lo quería aún más). Pero los dos estaban completamente miscast. Ni Ford ni Heche son divertidos. Y ella jamás podría ser Meg Ryan por mucho que llevara fotos suyas a su peluquero para explicarle qué quería. Y juntos tenían menos química que un supermercado ecológico. Sorprendentemente, la película, un fracaso en Estados Unidos que marcó el principio del fin de la carrera de Ford, funcionó muy bien en España, y terminó por convertirse en una de las más taquilleras de aquel año.

¡QUE TE REPITO QUE ESTA NO ES LA ADAPTACIÓN DE LA CANCIÓN DE SABINA! ¡QUE AQUELLO ERAN MÍNIMO 500 NOCHES!

Heche jamás podría ser Meg Ryan por mucho que llevara fotos suyas a su peluquero para explicarle qué quería

En 1998, Friends ya llevaba cuatro años triunfando en la televisón americana. Y un par de ellos en España. Así que sus actores comenzaron a buscar tener cierta presencia en el mercado cinematográfico. Y si David Schwimmer tuvo un rol secundario en Seis días y siete noches (haciendo del novio al que Anne Heche abandona para prosperar, esto es, en esencia, haciendo de Steve Martin) Matt LeBlanc era el chico de la película en Perdidos en el espacio, título que terminaría pasando a la historia por ser el que desbancó de lo más alto de la taquilla americana a Titanic 16 semanas (de diciembre a marzo) después de su estreno. Y ya pueden imaginar cuál fue el resultado artístico de Perdidos en el espacio si por lo que ha terminado pasando a la historia es por eso. Perdidos en el espacio era lo que Hollywood entendía por adaptar al cine una serie del pasado allá por los tardíos 90. El éxito comercial, que no crítico ni popular, de la película de Los picapiedra, en 1994 tuvo como consecuencia que todos estos proyectos fueran un poco como una teleserie producida por Emilio Aragón: familiares, con un look barato pero carísimo si nos vamos a comprobar los presupuestos, con un montón de personajes que no ayudan a hacer avanzar la trama y ni demasiado divertida, ni demasiado dramática ni demasiado emocionante, que no queremos que el niño se aburra pero tampoco provocarle un infarto al abuelo. El fracaso de Perdidos en el espacio fue tal que ni siquiera se propuso rodar una continuación a pesar de que su final nos emplazaba directamente a esperar su secuela. Y esa chusca estrategia comercial nos enfadó bastante. Verano del 98, qué inocentes éramos.

Pero si de adaptaciones de añejas series televisivas hablamos, la palma del verano del 98 se la llevó Los vengadores que nada tenían que ver con los superhéroes de Marvel, sino más bien con John Steed y la Doctora Emma Peel, unos elegantísimos agentes secretos británicos claros antecesores de los Kingsman. Los vengadores costó 60 millones de dólares y recaudó poco más de 20. En la actualidad ocupa el puesto número 68 del listado de IMDB de las peores películas de la historia. Y el caso es que, viéndola, uno piensa si acaso nadie fue consciente durante sus periodos de preproducción, rodaje y postproducción de que aquello era un disparate sin gracia. Porque nada de lo que aparece en pantalla pudo ser buena idea en ninguna de esas fases. ¿Cómo puede ser posible que, de entre todos los guiones que tuviera disponibles, el agente de Uma Thurman llegara a la conclusión de que Batman y Robin y Los vengadores eran los dos blockbusters en los que colocar a su representada en dos veranos consecutivos? ¿Cómo diablos es posible que nadie dijera nada cuando vio a Sean Connery deambulando por el plató disfrazado de oso de peluche gigante? Que tampoco hacía falta que fuera algo heroico. Que hubiera bastado con un “¿Tú te acuerdas de Zardoz, Sean, cariño? Pues, en comparación, ahí estabas presentable”.

– Y ahora te voy a colgar este paraguas de la chepa y todos van a pensar que eres de Orense BUAHAHAHAHA.
– Dios mío, es un genio del mal.

En la actualidad ocupa el puesto número 68 del listado de IMDB de las peores películas de la historia

Y, como no hay dos sin tres, Hollywood también nos tenía reservada otra adaptación cinematográfica de una serie televisiva añeja. En este caso, de animación. Mr. Magoo era un personaje de dibujos animados creado por la UPA en los años 40. Una especie de antecedente de Rompetechos que, en su versión en carne y hueso fue interpretado por un Leslie Nielsen que, si bien estaba de capa caída y en el inicio del declive de la (gloriosa) segunda parte de su carrera, aún no había estrenado Espía como puedas, su última gran película. Mr. Magoo, entonces, tenía a Leslie Nielsen, a un personaje de animación clásico, una trama llena de equívocos, vodevil, caídas, garrotazos y tententiesos. Pues bien, aún con todos estos ingredientes, he estado en velatorios de familiares de segundo grado bastante más divertidos y satisfactorios para mi persona que los 87 minutos que dura esta película. Esta fue la primera (y única) incursión en Hollywood de Stanley Tong, director hongkonés especializado en acción física. De hecho, un habitual de las películas con Jackie Chan. Pues bien, ni por esas. Probablemente un duelo cuerpo a cuerpo entre Pablo Echenique y Stephen Hawking fuera más dinámico y trepidante que lo que termina ofreciendo Mr. Magoo.

Pero el trasvase entre televisión y cine no terminó ahí. El siete de agosto se estrenó en España la película que yo más esperaba para aquel verano. Expediente X era la serie del momento y Expediente X: Enfréntate al futuro prometía ser el capítulo más ambicioso de la misma, hasta el punto de ser rodado en panorámico y estrenado en cines. Extraterrestres, explosiones, conspiraciones, abejas asesinas y Martin Landau saliendo un par de veces de entre las sombras y balbuceando que le perseguían era parte de lo que tenía para ofrecer esta película. Que, visto en perspectiva, tampoco está nada mal. Pero uno no podía evitar sentir la sensación de haber pagado entrada por algo que se ofrecía gratis en televisión cada jueves por la noche. Y era, además, uno de los capítulos de la trama central. Esto es, de los malos. Porque todos sabíamos, y todavía sabemos, que Expediente X era una serie mucho mejor cuando se centraba en episodios procedimentales (aquellos que, al fin y al cabo, todos recordamos) y se dejaba de complots gubernamentales.

– Mira, Mulder, si haces las comillas así cada vez que dices “PELÍCULA” la gente va a sospechar algo y no va a pagar por verla.

Y si Expediente X: Enfréntate al futuro nos instaba a levantar la vista hacia el cielo para estar atentos a posibles avistamientos de naves extraterrestres, Armageddon nos advertía de que aquello a lo que más debíamos temer no estaba precisamente vivo. Armageddon fue un éxito descomunal. La película de más recaudación mundial de 1998. La Capilla Sixtina de Michael Bay. Un claro antecedente y causa propiciatoria de todo aquello que ha estado mal en los blockbusters de Hollywood de las dos últimas décadas: ruido continuo, planos que no duran más de dos segundos, cámara en perpetuo movimiento, contraste constante entre colores fríos y cálidos sentimentalismo mal entendido y todo aquello que pueda considerar espectacular un señor que viva en Texas en una caravana en compañía de su prima, sus hijos en común y una escopeta con la que disparar a las ratas y a las visitas (y no necesariamente en ese orden). En 1998 Armageddon recaudó 200 millones de dólares más que Deep Impact. Y la moraleja que sacó la industria de ello fue que en sus películas las personas debían hablar menos y las cosas explotar más. Recuerdo ir a ver Armageddon en su estreno y salir de la sala de cine con dolor de cabeza y sensación de haber estado metido dos horas y media en una lavadora en centrifugado. Y esta sensación no ha hecho sino confirmarse en este nuevo visionado.

Al igual que la de Armageddon, la amenaza a la que se enfrentaban los protagonistas de Horizonte final provenía de los confines del espacio. Y un poco también de la taquilla. La película se estrenó en España exactamente un año después de su estreno estadounidense, lo cual ya debería habernos dado una pista de la suerte que había corrido en el mercado local. Pero, de aquellas, los espectadores medios no contábamos con toda esa información. Así que fuimos a verla como si de un blockbuster más se tratara. Y aquello no era del todo así. Horizonte final era una especie de The Haunting en el espacio. Una mezcla entre Hellraiser y Alien: el octavo pasajero. Pero para cuando quisimos darnos cuenta Sam Neill ya se había rajado la cara, arrancado los ojos e instalado en nuestras pesadillas para siempre, siempre, siempre… Y el caso es que la gente de Paramount paró bastante los pies a Paul W. S. Anderson durante el proceso de postproducción. Tanto, que estuvo a punto de no firmar la cinta (que también te digo, para una buena que haces, Paul…) y para cuando, en 2006, intentó montar la versión que le hubiera gustado estrenar ya había desaparecido gran parte del metraje rodado. Probablemente porque aquello pareciera rodado en la trastienda de una charcutería.

El famoso cameo de Juan José Padilla.

Cuando quisimos darnos cuenta Sam Neill ya se había rajado la cara, arrancado los ojos e instalado en nuestras pesadillas para siempre, siempre, siempre…

Otra versión más o menos bastarda de Alien, el octavo pasajero estrenada en el verano del 98 transcurría más bien alejada del espacio exterior, en un crucero de lujo a la deriva en mitad del Océano Pacífico. Stephen Sommers presentaba su mejor película y, curiosamente, la taquilla, más que darle la espalda, le despreció miserable e injustamente. Porque Deep Rising es todo aquello que una gran película de serie B debe ser: trepidante, divertida, irreverente y completamente desprejuiciada. En Deep Rising hay canallitas carismáticos, malos muy malos, mujeres de armas tomar, una sepia gigante, motos de agua, escopetas recortadas, su puntito de gore y una asiática a la que le sale un tentáculo del váter cuando va a hacer pipí. De haberse rodado en los 80, hoy Deep Rising sería un clásico de culto. Como llegó 10 años más tarde se convirtió en una película maldita. No dejen que pasen 20 años más sin hacerle justicia.

Aunque, si de bichos gigantes hablamos, el verano del 98 fue un territorio reservado para Godzilla. La gente de Sony estaba tan convencida de que tenía entre sus manos la que iba a ser la película más taquillera del año que comenzó a anunciarla con más de 12 meses de antelación, con un teaser en el que se burlaba de El mundo perdido (la pierna de Godzilla aplastaba el esqueleto de un tiranosaurio rex), el gran éxito de taquilla del verano anterior. Pero, cuando ya quedaba poco para su estreno, los rumores empezaron a dar cuenta del desastre. Tanto fue así que Michael Bay incluyó un poco disimulada puya a Godzilla en una de las secuencias iniciales de Armageddon. Así, Godzilla se convertía en el regador regado. La película de Roland Emmerich terminó siendo la tercera más taquillera de su año y arrojando unos beneficios de unos 120 millones de dólares. Pero, para cuando esos números se confirmaron, la sensación de derrota ya se había apoderado del proyecto. Y eso que su campaña promocional fue una de las más comentadas y estudiadas de la época, por el sencillo motivo de que escondía el aspecto del monstruo. Para sorprender al espectador en la sala, nos decían. Y lo cierto es que, tras pagar la entrada uno se daba cuenta de que a lo largo de todo el metraje llovía tanto y era siempre de noche para que el espectador tampoco viera al bicho y el estudio se ahorrara un dinero en efectos especiales. Así, involuntariamente, el Godzilla de Roland Emmerich se convertía en la adaptación perfecta del Esperando a Godot de Samuel Beckett, solo que protagonizada por un lagarto gigante que más que aparecer, apenas se vislumbra. Como una muestra de sexo tántrico cinematográfico en la que el espectador retrasa tanto el clímax que al final tiene que aliviarse en casa empleando la imaginación. Una película plagada de tantísimas malas ideas que hasta consigue que el agente que convenció a Maria Pitillo para no cambiar su apellido por algo más artístico no parezca el más inútil de la función.

And Now for Something Completely Different
And Now for Something Completely Different

Como una muestra de sexo tántrico cinematográfico en la que el espectador retrasa tanto el clímax que al final tiene que aliviarse en casa empleando la imaginación

Y qué bien le hubieran venido al personaje de Matthew Broderick en Godzilla las habilidades comunicativas que mostraba Eddie Murphy en Dr. Dolittle, remake de la comedia musical con la que Rex Harrison se estrelló en la taquilla en 1967. Muy al contrario, este remake hizo una inesperada y desorbitada cantidad de dinero, hasta el punto de ser la sexta película más taquillera del año en el mercado americano. Murphy, cuya carrera había tocado fondo con Un vampiro suelto en Brooklyn, apenas tres años atrás, vivía una segunda juventud al encadenar dos proyectos tan exitosos como este y El profesor chiflado, en 1996. Dicho lo cual, los méritos artísticos de Dr. Dolittle son inexistentes, basando todo su encanto en la capacidad cómica de un Murphy que siempre pierde muchos enteros cuando se constriñe al cine familiar. Al menos, en esta ocasión, se limita a interpretar a un personaje y no a todos los animales de la función.

Arma Letal 4 fue la película que cerró el top 10 de películas taquilleras de 1998, pero, a pesar de sus 285 millones de dólares recaudados en todo el mundo, apenas dio beneficio por lo gravoso que resultó conseguir que todos los componentes de la gran familia que dieron forma a esa saga retomaran sus papeles. Pero el hecho de volver a verles juntos en pantalla hizo que el esfuerzo mereciera la pena. Porque, seamos sinceros, la saga de Arma Letal nada vale como género policiaco o de acción. Sus tramas acostumbran a ser simples, cuando no ridículas. En ningún caso serían memorables de no ser por la química, por la sensación de familia, que transmiten Mel Gibson, Danny Glover y, en menor medida, Rene Russo y Joe Pesci. Uno se acercaba a cada nueva entrega de Arma Letal con la misma curiosidad con la que se asomaba a cada nuevo capítulo de Boyhood o acude de nuevo a ver a Jesse y Céline en cada nueva entrega de Antes de… En esta ocasión, y adelantándose en casi 15 años a la actual fiebre del mercado oriental en Hollywood, Murtaugh y Riggs se enfrentan a las triadas chinas y cuentan con un por aquel entonces desconocido para el gran público Jet Li. Que sí. Que bien. Pero, años después, lo que uno sigue recordando es esa química brutal entre dos actores que si no son amigos en su vida personal alguien debería obligarles a serlo.

– Disculpe, mi sargento, pero… ¿de verdad cree que este es el mejor momento para sacarnos un selfie?
– Tú di que sí… #AquíDeGuerriConMisLokis

Sus responsables eran conscientes, en todo momento, de estar haciendo no solo una película grande, sino una gran película

Y en la segunda quincena de septiembre, con las clases y empezadas y el verano dando sus últimos coletazos, llegó a las carteleras españolas la película más influyente y memorable de aquel 1998. Salvar al soldado Ryan terminaría siendo la segunda película más taquillera de su año, ganando cinco Oscars y permaneciendo en la memoria colectiva de todos aquellos que han tenido ocasión de verla. Una de esas películas en las que uno puede percibir que todos sus responsables eran conscientes, en todo momento, de estar haciendo no solo una película grande, sino una gran película. Para el recuerdo queda esa primera media hora, probablemente uno de los inicios más salvajes e inmersivos de la historia del cine. Pero también momentos mucho más íntimos, mucho más fordianos, como el de esa madre que recibe la peor de las noticias posibles en el porche de su casa. Salvar al soldado Ryan confirmaba, como si hiciera falta a esas alturas, a Steven Spielberg como el director total, el que era capaz de emocionar con un movimiento de grúa, un inserto o una acción en off. Siempre con el recurso que la escena requiriera.

Y así, con una película que si no era una obra maestra sí era algo que se le parecía mucho, dimos carpetazo a una temporada veraniega que prometía mucho más de lo que terminó ofreciendo. Y dábamos la bienvenida a un otoño, en cambio, lleno de gratas sorpresas y películas memorables. Pero esa ya es otra historia. Pero ese ya será otro artículo.

 

Comentarios

comentarios

More from Daniel Lorenzo

Mi Parque Jurásico

Cuando se estrenó Parque Jurásico yo tenía once años y lo que...
Leer más

1 comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *