Viva, pintalabios y arroz con frijoles

El potente melodrama cubano-irlandés coincide en cartelera con otros notables títulos LGTB: Desde allá, La orilla, Théo y Hugo París 5:59

Sin sorprender ni innovar, Viva emociona

8 Interpretaciones
6 Guion
7 Dirección
8 Emoción
7.3

Hace unos meses descubríamos entre las películas pre-seleccionadas para el Oscar a mejor película de habla no-inglesa, una producción irlandesa, VIVA, rodada en Cuba, con actores cubanos y trama íntegramente desarrollada en La Habana. Eso sí,  el director era Paddy Breatnach, un autor ya veterano que conoció cierto éxito hace dos décadas con el thriller cómico El crimen desorganizado (premiado en San Sebastián), pero cuyas últimas incursiones detrás de la cámara (allá por 2008) daban cuenta de un desvío, no muy afortunado al parecer, hacia el  más puro cine de género.

Por fin se estrena VIVA en nuestra cartelera, y el destino ha querido que coincida en los cines con otras muestras notables de cine de temática LGTB. VIVA comparte con dos de ellas –Desde  allá y La Orilla (Beira-Mar) subcontinente de origen (América Latina), un territorio fértil recientemente para películas y autores interesados en los desafíos y experiencia vital asociada a la diversidad sexual (Julián Hernández, Marco Berger). La venezolana Desde allá, sorprendente León de Oro en la última Mostra de Venezia, es casi un thriller dramático en torno al deseo y el ansia de venganza que mantiene cierta tensión a costa de caer en discutibles psicologismos (la molesta tendencia a explicar impulsos con traumas o ausencias)  y un desarrollo narrativo que se antoja un tanto artificioso. Por su parte, La Orilla es un sensual e inteligente coming of age que aplica el principio de menos es más para transmitir intensas emociones con ritmo pausado, sorprendentes omisiones de información y auténtica melancolía. Y Este viernes aterriza en salas la nueva obra del tándem Ducastel-Martineau (Drôle de Felix), una apasionada mezcla de atrevimiento (los primeros veinte minutos son una escena de sexo explícito en el cuarto oscuro de un bar parisino) con tierno, incluso ingenuo, romanticismo (el filme se convierte en un Antes del amanecer tocado por el miedo y las ganas de vencerlo) que no dejará indiferente: Theo y Hugo, Paris 5:59.

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Básicamente, Viva es una eficaz versión de Bily Elliot que sustituye ballet por transformismo musical, con el elemento añadido, y fundamental, de la homosexualidad del protagonista

Dentro de esta generosa cosecha, VIVA se presenta como una simpática sorpresa cargada de estímulos cinéfilos. El más importante, presenciar un nuevo tour de force interpretativo de Jorge Perugorría, icono del cine cubano de las últimas décadas (el año pasado lo pudimos ver en Regreso a Ítaca), que aquí encarna el personaje opuesto al que lo hiciera internacionalmente famoso al principio de los 90 en la deliciosa Fresa y chocolate: si entonces dio vida a uno de los personajes homosexuales más carismáticos, locuaces  y conmovedores que se recuerdan,  esta vez se mete en la piel de un padre homófobo y violento que, al salir de la cárcel, vuelve a su casa para conocer a su hijo, peluquero en un local de espectáculos de travestis en los que también a él le gustaría participar.

Básicamente, Viva es una versión de Bily Elliot que sustituye ballet por transformismo musical, con el elemento añadido, y fundamental, de la homosexualidad del protagonista. La película también recurre al mundo del boxeo (en el que el padre destacó fugazmente antes de entrar en prisión) para plantear un choque con el universo más estrictamente masculino,  y a la figura de la madre ausente como presencia invisible que gravitará para siempre, de forma distinta, sobre los dos personajes.

Con estos mimbres melodramáticos tan claros, y sin sorpresas narrativas en el horizonte (pero con un clímax dramático a la altura), el director confía  toda la eficacia de la propuesta a la química entre los dos actores principales, un arrollador Perugorría y la enorme revelación del joven Héctor Medina. Este último trasmite con su energía y su mirada, entre dulce y precozmente derrotada,  los sentimientos encontrados de quien ve sus sueños rotos por una aparición inesperada (pero secretamente soñada) que le hará finalmente descubrir el sentido más profundo del amor.

El actor Jorge Perugorría, a la izquierda, con Héctor Medina, en una escena de 'Viva". Imagen difundida por Magnolia Pictures. (Magnolia Pictures via AP)

Viva es un  melodrama desatado que, pese a caer en varios convencionalismos, es un éxito a varios niveles (interpretativo, emocional, didáctico, social).

Breatnach no desatiende en cualquier caso el marco de la historia y logra articular un retrato tenso, nítido y verista de La Habana contemporánea, que no se limita a reflejar los lugares más reconocibles de la ciudad, sino que lo hace de forma considerablemente cruda y crispada, sin esconder la miseria, como ya consiguió hace dos años Antonio Hens en la reivindicable La partida, también de temática homosexual.

El resultado, pese a los apuntados convencionalismos que hacen de ella una película aparentemente anticuada, es un éxito a varios niveles. En primer lugar, como emocionante crónica de un encuentro paterno-filial que es también una alianza de aparentes perdedores que encuentran el uno en el otro una inesperada fuente de cariño y quizá última tabla de salvación. En segundo término, como aproximación afectuosa y muy didáctica (con grandes actuaciones), al universo del travestismo, su vocación y belleza (tarea especialmente necesaria dada la enorme cantidad de prejuicios que aún pesan sobre él). Y, por último, sin tratarse de una película esencialmente política, como viaje a una realidad irrespirable donde el hambre y la pobreza se dan la mano como el machismo y la intolerancia. Si hace 25 años, la preciosa historia de amistad de Fresa y chocolate  removió corazones y mentalidades (en la isla y fuera de ella), Viva debería recordarnos que aún queda mucho por hacer para que todos podamos vivir en libertad (en la isla y fuera de ella).

 

 

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