Whiplash, la última nota

Un análisis del polémico final de la película de Damien Chazelle para tratar de descifrar el mensaje oculto tras su ambigüedad moral

Nadie estaba preparado para ser embestido por Whiplash. Aunque del ignoto debut de Damien Chazelle (Guy and Madeline on a Park Bench) nada sabemos, y de su encargo como guionista para El último exorcismo 2 poco queremos saber, ni el corto homónimo que es el germen de Whiplash (aquí para los interesados) ni su guion para Grand Piano vaticinaban el contundente desembarco en primera división de un autor que, todo indica, ha venido para quedarse. En honor a la verdad, el cortometraje (que no es otra cosa que una de las secuencias más celebradas de su hermana mayor, con planos y diálogos prácticamente idénticos, y un J.K. Simmons convertido ya en amo y señor de tan terrorífico personaje) anticipaba el pulso de Chazelle a la hora de caldear un hervidero de tensión hasta el punto exacto de ebullición. Por otra parte, su guion para la tercera película de Eugenio Mira (Agnosia), un disparatado De Palma wannabe tan gozoso como irregular, ya articulaba en clave pulp algunos de los temas en los que hurgará Whiplash: la necesidad de trascender aun a riesgo de morir en el intento, la delgada línea que separa el talento de la condena, el intérprete musical como marioneta en manos de un titiritero psicópata. Pero por mucho que ambos trabajos pudiesen ponernos sobre la pista de un hábil narrador, nada hacía presagiar esa arrolladora y corrosiva reflexión (o apología, según algunos) sobre el precio a pagar por la gloria llamada Whiplash.

Como era de prever, Whiplash ha cosechado tantas alabanzas como detractores. Algunos de estos le achacan la escasa originalidad de su esqueleto, una estructura de manual heredada del cine de superación y/o deportivo; otros, su tendencia al subrayado escabroso (palabras de Jordi Costa en su crítica para El País). En lo tocante a su estructura, poca cosa que decir. Sí, Whiplash juega sobre seguro asentando sus cimientos en una fórmula mil veces vista, pero es su apuesta por renegar de forma rotunda del buenrollismo inherente a este tipo de producciones lo que la hace, si no única, al menos diferente. Y en lo que respecta a la brocha gorda y tendencia al subrayado de Whiplash… bien, vale, podemos llegar a admitir que la película de Chazelle no es el colmo de la sutileza (aunque cabe preguntarse cómo de sutil ha de ser una película tan decididamente visceral), pero también es de justicia apuntar que cuenta con no pocos momentos en los que su director consigue impregnar de cierta elegancia el retrato de sus personajes (esa primera secuencia entre padre e hijo en el cine y lo mucho que dice de Andrew su reacción ante la mezcla de pasas con palomitas). De cualquier forma, ambas son cuestiones tan sujetas a la valoración personal que no merece la pena profundizar más en ellas.

Lo que sí resulta un tanto desconcertante es precisamente la acusación más habitual a la que ha tenido que hacer frente Whiplash: la supuesta justificación de la tortura como única forma de alcanzar la excelencia. Que muchos de los que se adhieren a esta corriente de opinión sean los mismos que le reprochan su falta de sutileza no deja de ser paradójico, ya que considerar el final de Whiplash como una loa al sufrimiento en pos de trascender es una interpretación en exceso literal de un final deliberadamente ambiguo, que trata de prescindir de subrayados con el fin de no posicionarse al respecto. ¿Es la coda de Whiplash un alegato a favor de obtener la genialidad a cualquier precio? ¿O es uno de los happy ends más envenenados del cine reciente (en dura pugna con el edulcorado y desolador final de Inteligencia Artifical )?

PRECAUCIÓN – SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ 

Whiplash Cinefagos

Para Andrew, tan extremista como la propia Whiplash, no existe término medio: es la gloria o nada

El último acto de Whiplash da comienzo, como dicta el manual, con la “muerte del protagonista”. Expulsado del conservatorio, Andrew (Miles Teller, Divergente) es convencido por Jim (Paul Reiser, Aliens), su padre, para denunciar a Fletcher (J.K. Simmons, Hombres, mujeres y niños). Una propuesta a la que Andrew, que vuelve a ser el chaval conformista que era al comienzo de la película (el mismo que aceptaba pasas en sus palomitas aunque no le gustaran) y que dista mucho del joven despiadado en el que ha ido convirtiéndose a medida que avanzaba el metraje, termina aceptando a regañadientes:”Dígame qué es lo que tengo que decir“. De esta forma, Andrew abandona su sueño, que no consiste en dedicarse profesionalmente a tocar la batería, puesto que bien podría haber empleado su talento en empresas mucho menos exigentes que la mejor escuela de música del país. No, el sueño de Andrew es trascender. Ser el nuevo Buddy Rich. Para Andrew, tan extremista como la propia película, no existe término medio. Es la gloria o nada. Con su batería enclaustrada en el armario, Andrew se convierte en aquello que siempre le aterrorizó ser: un individuo corriente y anodino que, despojado de su combustible vital, se dedica a vagar por el mundo como muerto en vida.

Tiene lugar entonces uno de esos momentos que tanto escaman a un enérgico sector del público: una casualidad. Andrew camina por la calle y se topa con el cartel de un bar que anuncia la actuación de su némesis, lo que origina el reencuentro que propulsará el clímax. Ojo, esto no significa que el acontecimiento fortuito solucione la trama cual vulgar deus ex machina. Todo lo contrario: puesto que es el momento en el que Fletcher encuentra una forma de vengarse de Andrew, este reencuentro está en las antípodas de ser una resolución favorable para el protagonista. Es el obstáculo final, que de no superar hundiría por siempre su carrera. Si después Andrew consigue salir de la encerrona no es gracias a ninguna intervención divina aparecida de la nada, sino a sí mismo, a su talento. No hay, por tanto, deus ex machina posible. Vale, puede que el mecanismo de la casualidad (tan válido por sí mismo como otros igualmente denostados, ya sean flashbacks o voces en off… asumámoslo de una maldita vez: no hay recurso malo per se, todo depende del uso que se haga de ellos) que emplea Whiplash no sea la quintasencia de la elegancia narrativa, pero al menos cumple su función sin hacer chirriar el engranaje interno del relato. A fin de cuentas, el encuentro tiene lugar en Nueva York, la ciudad en la que ambos personajes residen, durante un previamente anunciado festival de jazz, su pasión compartida. Que vamos, no es como si sus caminos se cruzasen en una tienda de bricolaje en medio de Reikiavik.

Además de servir como herramienta para volver a encauzar la trama, el encuentro tiene otra utilidad aún más provechosa. Sirve para que Fletcher confiese, cual villano de James Bond, en qué ha consistido siempre su plan. Emerge entonces la cuestión troncal de Whiplash: ¿justifica el fin los medios? Fletcher se posiciona sin ambages. “Es una necesidad absoluta“. Sólo entonces, Andrew (y nosotros con él) entiende la razón de ser de la particular pedagogía del que fuera su maestro/torturador. Estar o no de acuerdo con Fletcher es lo de menos. Lo que importa es que, por primera vez, comprendemos al personaje y dejamos de verlo como un psicótico de temperamento homicida y nulo autocontrol. En este instante, a nuestros ojos, Fletcher pasa a convertirse en un ser atormentado por una quimera y que puede incluso contener trazas de humanidad. Pero claro, todo es una trampa. Ya no sólo urdida por Fletcher para vengarse de Andrew, sino también por Chazelle para nublar nuestra percepción del personaje del profesor. Esta escena, mucho más brillante de lo que pudiera parecer a simple vista, servirá como brújula para ayudarnos a reinterpretar tanto escenas previas protagonizadas por Fletcher como el polémico final de Whiplash.

Whiplash 2 - Miles Teller

En cualquier otra película, la confirmación de Andrew como un portento de la batería sería un final feliz, pero Whiplash no es una película al uso

Pero basta de prolegómenos y vamos de cabeza a lo que de verdad nos interesa: el clímax. Chazelle saca aquí toda la artillería pesada en una contundente demostración de nervio narrativo, con quince minutos que debieran ser estudiados en cualquier escuela de cine a modo ejemplo de cómo subir las apuestas progresivamente en aras de dar un constante vuelco a la situación. En este duelo entre Andrew y Fletcher, una lucha de poder que acaba en tablas, Chazelle se casca no uno ni dos, sino hasta la friolera de tres giros argumentales sucesivos, que por si fuera poco funcionan de forma tan orgánica y coherente que parecen pura alquimia:

Victoria de Fletcher: Andrew descubre demasiado tarde que todo ha sido una trampa orquestada por Fletcher para defenestrar su carrera. El reto le coge de improviso. Pese al empeño que pone en superarlo, fracasa. Todo está perdido.

Victoria de Andrew: Andrew es consolado por su padre en el backstage. Espoleado por el afán de venganza, recupera la confianza como por arte de magia. Regresa al escenario y comienza a aporrear la batería, aniquilando la autoridad de Fletcher y dirigiendo a la orquesta por sí mismo.

Empate técnico: En plena guerra por el control de la situación, la furia de Fletcher se desvanece al darse cuenta de que está ante lo que siempre ha perseguido: el nuevo Charlie Parker. Los roles de poder se intercambian definitivamente cuando Andrew vuelca un platillo… y Fletcher lo recoloca con gesto servicial. Conscientes ambos de los que tienen entre manos, Andrew se deja dirigir por Fletcher (o Fletcher por Andrew, ya nada está claro) en un solo de batería que culmina en un cruce de miradas en silencio. Fletcher sonríe. Andrew le devuelve la sonrisa. Redoble y corte a negro con el inicio de la canción.

Son estos últimos planos, ese intercambio de sonrisas en pleno subidón, la raíz de la discordia. Todo parece indicar que nos encontramos ante un final propio del cine de superación: el protagonista alcanza su objetivo vital y de paso se reconcilia con su antagonista, que se convierte aquí en su único aliado. En cualquier otra película al uso, la confirmación de Andrew como un portento de la batería, el nuevo Buddy Rich, sería un final feliz. Lo que daría, sin duda, validez a las acusaciones de sus detractores. Pero claro, eso sería dar por hecho que Whiplash es una película al uso.

Whiplash 3 - Paul Reiser

Fletcher representa lo que Andrew persigue (la excelencia) y su padre lo que le atormenta (la mediocridad)

Para lograr descifrar este final, es necesario entender Whiplash como la lucha entre Fletcher y Jim por el alma de Andrew, quien no más que un cascarón vacío, exento de personalidad. Al principio de la historia, se comporta como trasunto de su padre: un buen chaval, solícito y obediente, que se pliega sin reparos a los deseos de los demás. A medida que la influencia de Fletcher va moldeando su psique, Andrew se transforma paulatinamente en un reflejo del profesor: un ser desalmado, inmisericorde, dispuesto a arrasar con todo con tal de lograr su objetivo. Fletcher representa lo que Andrew persigue (la excelencia) y Jim lo que le atormenta (la mediocridad). Un protagonista, dos bandos. ¿Por cuál se decanta Chazelle?

Jim es, en cierta forma, el corazón de la película. El único vínculo emocional sólido que tiene Andrew, y también (bajo los parámetros del exigente y radical universo en el que habitan los personajes de Whiplash) un fracasado: un aspirante a escritor que ha acabado sus días de profesor en un instituto. Es el vivo ejemplo de todo aquello que, según Fletcher, está mal en este mundo: la palmadita en la espalda, el “buen trabajo” y el “no te preocupes, todo saldrá bien“. Jim es puro amor incondicional, un padre capaz de hacer lo que fuese por el bien de su hijo, pero también un ser pusilánime y conformista, como podemos comprobar a través de pequeños detalles diseminados por el metraje: el empujón que recibe por parte de un espectador en la sala de cine, donde la única disculpa que se escucha viene por parte del propio Jim; o la reunión familiar, en la que el hermano de Jim se cachondea de la cena que ha preparado y la única reacción que obtiene del damnificado es una risita nerviosa. Las intenciones de Chazelle quedan claras: por mucho que se compadezca de Jim y admire la dedicación que dispensa a su hijo, no siente especial simpatía por esa tendencia a dejarse pisotear por todo el que se cruza en su camino.

Whiplash 5 - J.K. Simmons

No nos dejemos engañar por aquellos momentos puntuales en los que Chazelle parece humanizar a Fletcher

Fletcher no sale mejor parado en su retrato. El profesor es como el Don Cristal de El protegido: un individuo dispuesto a todo con tal de dar sentido a su vida mediante el descubrimiento de un ser complementario. Nada sabemos de su pasado, pero no resulta descabellado suponer que hubo un día en que fue como Andrew. Un estudiante de música con ínfulas de grandeza que se dio cuenta de que jamás llegaría a ser el nuevo Charlie Parker, lo que le llevó a optar por un propósito no menos arduo: si no podía trascender convertido en leyenda, lo haría descubriendo a una. Esta es la única motivación en su vida, y todo el mal que pueda provocar en su búsqueda le trae sin cuidado porque, en fin, “es una necesidad absoluta“.

No nos dejemos engañar por aquellos momentos puntuales en los que Chazelle parece humanizar a Fletcher. Si algo nos ha enseñado la escena de la confesión en el festival de jazz (recordemos, los preparativos de una venganza) es que uno no de debe fiarse de Fletcher fuera de su estado natural; es decir, gritando, humillando o lanzando sillas por los aires. Este momento revela que cada vez que el profesor baja la guardia no es más que un mecanismo predatorio, un método de manipulación para pillar desprevenida a su víctima y lograr la consecución de sus propios fines. Si aplicamos esta susceptibilidad a la observación de su conducta, podemos llegar a dudar de todos y cada uno de los amagos por mostrarnos el lado humano de Fletcher, desde preguntar de forma cordial a una niña si cuando sea mayor tocará el piano en su orquesta (¿está Fletcher reclutando a edades tan tempranas con la vista puesta en una futurible Charlie Parker?) hasta sus lágrimas al recibir la noticia del suicidio de su alumno predilecto (¿llora por la culpabilidad de saberse responsable de semejante tragedia… o por haber perdido a lo más cercano que ha tenido nunca a un Bird?). No hay que confundir la lógica fascinación que siente Chazelle por el personaje con simpatía. Para el autor, hace mucho que Fletcher dejó atrás cualquier atisbo de humanidad para convertirse en un quijote despiadado capaz de causar la destrucción a su paso con tal de reafirmar su lugar en el mundo. Puede que Chazelle sea capaz de entender este comportamiento, pero de ninguna forma lo justifica.

Whiplash 9 - Melissa Benoit

El camino que Andrew ha elegido, el que conduce a los libros de historia, está cimentado en la miseria y la soledad

La duda sigue sin respuesta. ¿Qué es lo mejor para Andrew? ¿Seguir los pasos de un sociópata capar de auparle hasta la gloria o los de un pusilánime que sólo quiere lo mejor para él? En la indefinición está la respuesta de Chazelle: ni lo uno ni lo otro. Porque lo mejor que podría hacer Andrew, lo que le salvaría de esa encrucijada a la que se reduce su existencia, es desembarazarse del influjo ajeno, ya sea el de Fletcher, el de su padre o el de Buddy Rich. Lo que Andrew necesita es tomar las riendas de su vida, ser capaz de decidir por sí mismo y forjar su propia identidad. Pero a juzgar por la forma en la que Chazelle retrata al personaje, un chaval influenciable y sin un mero atisbo de personalidad propia, no parece haber forma de que esto ocurra. Andrew es mera carnaza a la espera de que alguien se adueñe de su alma y le muestre el camino a seguir. Y claro, la batalla la gana el animal más fuerte: Fletcher.

Entonces, si Chazelle no se moja decantándose por el bando de Fletcher ni por el de Jim, ¿hay forma de adivinar su posicionamiento moral ante el final de Whiplash? Sí, lo hay. Y es por medio de una omisión en el clímax: la de la presencia de Nicole (Melissa Benoist, El viaje más largo), la chica con la que Andrew rompió de forma brutal al considerarla un lastre para su carrera. Ante la inminencia del concierto final, Andrew llama a Nicole para invitarla al evento. Ella se muestra reticente (a su novio no le gusta el jazz), pero deja en el aire la posibilidad de acudir. Nicole es el único personaje que no trata de ejercer influencia alguna sobre Andrew. Le trae sin cuidado que se dedique a tocar la batería o que estudie en la mejor escuela de música del país. Es la única que puede permitir a Andrew ser simplemente eso, Andrew, probablemente porque ella tampoco tiene una personalidad definida y está buscando su lugar en el mundo; además, como la propia Nicole confiesa, ella también trata de escapar del perjudicial influjo de su madre. A Nicole le gusta Andrew tal como es, sin aditivos ni condicionantes. Es, por tanto, la única tabla de salvación a la que podría asirse el protagonista. Puede que ninguno de los dos sepa quiénes son realmente, pero juntos podrían haber llegado a averiguarlo.

Nunca llegamos a saber si Nicole se encuentra entre el público durante la sublimación del talento de Andrew. Y eso es precisamente lo que decanta la balanza. Si Chazelle hubiese llegado a meter un plano de Nicole contemplando la hazaña musical de Andrew (probablemente fascinada, como todo aquel que asiste), el resultado hubiera sido bien distinto. Significaría que todavía hay esperanza para Andrew, que su ascenso al Olimpo no conlleva necesariamente el desamparo social. Puede que no implicase un final al lado de Nicole, pero sí dejaría la puerta abierta a que cualquier otro congénere sepa valorar al nuevo Andrew por lo que es ahora: una leyenda. Pero el camino que el protagonista ha elegido, el que conduce a los libros de historia, está cimentado en la miseria y la soledad. Y lo peor de todo es que a Andrew no le importa, como tampoco le importa a Fletcher, consumidos ambos por la euforia del momento.

Whiplash 11 - J.K. Simmons

Chazelle decide prescindir de subrayados y da vía libre al espectador para que saque sus propias conclusiones

Al final, ese cruce de sonrisas no es más que la confirmación de nuestros peores temores: la simbiosis definitiva entre Andrew y Fletcher. Ahora son iguales. Dos personajes dispuestos a arrasar con todo, incluso con sus propias vidas, con tal de alcanzar la excelencia. Y lo que es peor: están convencidos de que merece la pena. Así lo denotan sus sonrisas. Ya nada más importa, ni Jim, ni Nicole, ni toda la destrucción que han creado a su paso. Sólo ellos y el jazz. Andrew completa así la metamorfosis que se ha ido fraguando a lo largo de la película. Se ha convertido en un dios, sí, pero al precio de transformarse en un ser tan deshumanizado como Fletcher, que ha fagocitado a Jim como figura paterna y se ha adueñado ya por completo del alma de Andrew.

Un apunte en esta recta final: en el guion original (puede leerse aquí) de Whiplash, Chazelle incidía en ciertos aspectos (aquellos que acusan a la película de tendencia a la brocha gorda harían bien en no leerlo si no quieren arrancarse los ojos) que dejaban más clara su postura al respecto. Entre estos apuntes eliminados se encuentra, por ejemplo, la adicción de Andrew a las anfetaminas, que convertiría en proféticas las palabras de su padre cuando dice: “Morir arruinado y lleno de heroína a los treinta y cuatro años no es precisamente mi idea de tener éxito“. El guion también ofrece un vistazo a la intimidad de Fletcher, que retrata al personaje como un individuo solitario y desgraciado que ha perdido todo lazo familiar con su mujer e hija, presentes en una fotografía. Y el descarte más elocuente, por tener lugar en el clímax, de todos: durante el encuentro entre padre e hijo en el basckstage, aparecen dos guardias de seguridad que pretenden llevarse a Jim; Andrew contempla a su padre flanqueado por los dos gorilas… y finge no saber quién es, encaminándose de vuelta al escenario y dejando que los seguratas se lleven a rastras al último vestigio de humanidad que quedaba en él.

Por suerte, Chazelle decide prescindir de estos subrayados, que evidenciaban la deshumanización de Andrew (y, por tanto, el posicionamiento del autor ante el tema de la película) y da vía libre al espectador para que saque sus propias conclusiones. Habrá quien crea que no merece la pena tanto sufrimiento en pos de trascender y quien considere que sí, que es precisamente esa falta de escrúpulos lo que otorga la genialidad, y puede que ese alguien incluso esté dispuesto a aplicar semejante despropósito motivacional a su vida (nunca se ha de subestimar la estupidez supina de cierto sector de la población, como demuestra el furor que causó en la City londinense el estreno de El lobo de Wall Street). Pero Chazelle no se moja, y si no fuera por un detalle tan aparentemente nimio como la omisión de Nicole en el clímax, bien podríamos pensar que, efectivamente, nos encontramos ante la película de superación más perversa de la historia del cine.

Resulta cuanto menos curioso que el clímax de Gran Piano consistiera en tocar mal la última nota de un concierto imposible porque “el público nunca se da cuenta“. Chazelle ha intentado lo mismo con Whiplash. En vez de rematar la faena con un matiz que deje clara su postura, evita tocar esa última nota para dejar su opinión en el limbo. Y por mucho que algunos piensen que el tiro le ha salido por la culata, que lo único que ha conseguido con su ambigüedad es que el mensaje de su película pueda llegar a malinterpretarse, otros no podemos más que agradecer que todavía existan autores que nos permitan decidir por nosotros mismos; es decir, aquello que Andrew necesitaba y que nunca pudo conseguir.

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