Will Ferrell, estúpido hombre blanco

Un repaso al arquetipo predilecto del cómico norteamericano a raíz del estreno de Get Hard, su última y polémica película

Algo tiene la fisonomía de Will Ferrell que despierta sensaciones encontradas. Puede que sean sus ojillos diminutos. Tal vez esos irritantes rizos rubios. O quizás tenga algo que ver con su complexión de gigante torpón. Lo único seguro es que, sea cual sea el atributo físico que remueve nuestras pulsiones más primarias, el resultado siempre es el mismo: un debate interno entre darle un abrazo o soltarle una bofetada. En el tramo final de Hermanos por pelotas, un personaje intenta dar la sincera enhorabuena a Brennan (Ferrell), pero se siente incapaz debido al impulso de atizarle un puñetazo que siente con sólo mirar su rostro. Al pobre Brennan no le queda otra que asumirlo con enternecedora complacencia: “Vale, todo lo que puedo hacer es aceptarlo, pensar en ello y hacer mi mejor versión de lo que signifique eso“. Así se zanja lo que parece una declaración de autoconsciencia por parte del actor. Ferrell conoce tan bien la colisión de sensaciones que provoca su físico que se ha servido de ella tanto para apuntalar su método interpretativo en el género en el que mejor se mueve (la comedia bufa) como para construir el inimitable arquetipo que ha ido perfeccionando a lo largo de su carrera.

La génesis de esta figura tiene lugar en los inicios de la carrera de Ferrell, cuando es reclutado para formar parte del elenco del Saturday Night Live. Durante el tiempo que engrosa la filas de la cantera de cómicos más importante del país y da vida a algunas de sus creaciones más memorables, Ferrell ya anticipa los dos atributos con los que más cómodo se siente: la candidez desarmante y la arrogancia a prueba de balas. Dos facetas a priori antagónicas que alcanzarán la fusión definitiva en la personificación de George W. Bush. La de Ferrell no era tanto una imitación mimética del ex-presidente (limitándose a replicar el acento tejano, los ademanes de cowboy y la mirada entrecerrada de “no sé muy bien qué coño hago aquí“) como la representación de una actitud, la que desprendía Bush en sus apariciones públicas: el niño tonto y malcriado que ha obtenido más poder del que puede gestionar o siquiera comprender. Esta encarnación (que permitía a Ferrell utilizar su mecanismo más socorrido e hilarante: soltar inmensas chorradas con la mayor seriedad posible) llegaría a su cénit en You’re Welcome America, un monólogo estrenado en Broadway al fin de la legislatura Bush, donde Ferrell se ponía una vez más en la piel del presidente para darse las gracias a sí mismo por los inolvidables ocho años que había regalado a América.

El espectáculo estaba dirigido por Adam McKay, el autor que mejor ha entendido las posibilidades del Will Ferrell más caricaturesco. Ferrell es el actor fetiche de McKay y, en cierta forma, su alma máter. Juntos han creado no sólo el portal de humor Funny or Die, regalándonos píldoras cómicas imperecederas como esos cortometrajes que enfrentan a Ferrell con la hija de dos años del director (The Landlord y Good Cop, Baby Cop), sino cuatro personajes que son, con permiso de Bush, el culmen del arquetipo ferrelliano: el ególatra, retrógrado y profundamente idiota presentador de noticiarios Ron Burgundy (El Reportero), el representante de la basura blanca americana obsesionada con el triunfo a toda costa (Pasado de vueltas), el entrañable a la par que insufrible niño de cuarenta tacos que se niega a madurar (Hermanos por pelotas) y el anodino americano convertido en héroe de acción (Los otros dos). Cuatro interpretaciones que sacan lo mejor de Ferrell (respaldado por la química arrolladora que tiene con intérpretes como Paul Rudd, Christina Applegate, Steve Carell, John C. Reilly o Mark Wahlberg) y le permiten pasárselo en grande jugando a la que es su especialidad: la parodia del Estúpido Hombre Blanco.

Get Hard 8 - Will Ferrell

Get Hard está protagonizada por el arquetipo Ferrell por excelencia: el idiota que, en su suprema ignorancia, es capaz de las mayores afrentas

El Estúpido Hombre Blanco ferrelliano es el eje sobre el que pivota Dale duro (a la que llamaremos a partir de ahora por su título original, Get Hard, porque uno se siente demasiado sucio mecanografiando el que le han endilgado por estos lares), la última película de Will Ferrell producida por McKay, que es también autor de la idea original. Por desgracia para todos, ahí parece acabar su labor. El talento como director de McKay se caracteriza por su férreo control del timing cómico, su astucia para impregnar cierta elegancia a la mayor de las paridas, su ojo para el gag visual y, sobre todo, su habilidad a la hora de manejar a Ferrell para que dé lo mejor de sí mismo sin que se salga (demasiado) de madre. Lástima que el director, un primerizo Etan Cohen (en cuyos créditos figuran los guiones de Tropic Thunder e Idiocracia) no pueda decir lo mismo. Cohen tiene en Get Hard materia prima para despachar una más que digna comedia ferrelliana, pero en sus manos (quizá inexpertas, quizá simplemente torpes) se queda en algo tan a medio gas que lo único que consigue es hacernos fantasear con qué hubiera podido sacar McKay de todo esto.

Get Hard está protagonizada por James King, un multimillonario tiburón de las finanzas que no es otra cosa que el arquetipo Ferrell por excelencia: el imbécil que, en su suprema ignorancia, es capaz de las mayores afrentas, desde el desprecio sistemático hacia sus criados (sudamericanos, faltaría menos) hasta entrar en pánico cuando un negro se acerca a su coche. Injustamente acusado de fraude y estafa, King es sentenciado a una condena ejemplar: diez años en una de las prisiones más duras de Estados Unidos. El único miedo de King ante el futuro que le espera es bien simple: teme acabar convertido en “la perra de alguien” [sic], así que contrata a su lavacoches, Darnell (Kevin Hart, El gurú de las bodas), para que le enseñe a defenderse ante una hipotética violación entre rejas. La lógica de este trato reside en que King cree que un afroamericano es necesariamente un ex-presidiario, con lo que Darnell, que necesita el dinero para pagar la hipoteca (o algo así; mis recuerdos sobre la trama van diluyéndose minuto a minuto), se hace pasar por uno para aleccionar al estúpido hombre blanco y ayudarle a sobrevivir a la sodomía carcelaria.

Nadie encontrará aquí una defensa enconada de Get Hard, ni siquiera por boca de un ferrellita de pro como el que esto escribe. Si la película se mantiene en pie (a duras penas) es por la inercia de la vis cómica de Ferrell, de la que depende tantísimo que se ve incapaz de arrancar una mísera sonrisa cuando el actor no aparece en pantalla. Y así, una premisa que podría dar para una sátira brutal sobre los prejuicios del americano medio, el abismo entre clases y los conflictos raciales, se pierde en un transcurrir de escenas más o menos funcionales hasta resolverse en un penoso clímax que nada tiene que ver con el potencial irónico de su punto de partida y que sigue sobre raíles una fórmula que ya resultaba caduca hace más de quince años. Por el camino quedan atisbos de buenas ideas (esa cárcel de entrenamiento que se construye en la mansión del millonario con sus criados ejerciendo de guardias) que nunca llegan a aprovecharse del todo. Tampoco ayuda demasiado el hecho de que Kevin Hart, heredero del estereotipo de afroamericano histriónico que acuñaron tipos como Martin Lawrence o Chris Tucker, sea posiblemente el peor partenaire que ha tenido Ferrell en su andadura cinematográfica. Pero bueno, también toca ser justos, así que es de recibo apuntar que, en medio de todo el sindiós, Get Hard contiene dos secuencias que merecen entrar de cabeza en la historia de la comedia ferrelliana: un intento de sexo oral en un baño público y un arrebato de locurón digno de It’s Always Sunny in Philadephia que encuentra en el uso de la luz estroboscópica un milagroso hallazgo cómico (dos secuencias que, dicho sea de paso, son prácticamente los únicos gags visuales de toda la película, deudoras ambas de los mejores Peter & Bobby Farrelly).

Get Hard 10 - Will Ferrell

Get Hard es la película que más y mejor partido podría haberle sacado a la figura predilecta de Will Ferrell: la del Estúpido Hombre Blanco

Tenemos, en definitiva, una de esas comedias ferrellianas de esporádicos pero insuficientes destellos de ingenio que pasa a engrosar la lista de aquellas que conviene olvidar. Hay, sin embargo, algo en la propuesta fallida de Get Hard que la hace mucho más interesante que otras malogradas intentonas de Ferrell, al menos en lo que respecta a su arquetipo. La película de Cohen es posiblemente la que más y mejor partido podría haber sacado de la figura del Estúpido Hombre Blanco (tanto que bien podría haber sido ese su título), y logra introducir en el retrato de su protagonista cierto matiz (nunca explotado del todo) que lo diferencia de otras creaciones previas.

Ya ha quedado dicho: ingenuidad inquebrantable y soberbia desmesurada. Estos son los pilares maestros del Estúpido Hombre Blanco que ha construido Ferrell a lo largo de los años. O lo que es lo mismo: el idiota que se cree el amo del cotarro sin tener ni puta idea de nada y al que no le importa nadie más que sí mismo. Puede que esta arrogancia pueril (o, como el mismo Ferrell la define, “confianza inmerecida”) hacia El Otro adquiera su sublimación en su George W. Bush (el Estúpido Hombre Blanco por antonomasia), pero no podemos eludir importantes contribuciones a la causa como Ron Burgundy (que pierde la cabeza ante la mera idea de tener que presentar su noticiario al lado de… ¡vade retro, una mujer!), el Ricky Bobby de Pasado de vueltas (tan borracho de ego que ni siquiera permite a su compañero de equipo y mejor amigo ganar una sola carrera automovilística porque, en fin, “si tú ganas, ¿cómo voy a ganar yo?”), el patinador artístico pagado de sí mismo de Patinazo a la gloria o el congresista apoltronado en su cargo de En campaña todo vale.

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El Will Ferrell de Get Hard es la representación del Estúpido Hombre Blanco tratando de adaptarse a los tiempos que corren: los de la corrección política

La arrogancia pueril del Estúpido Hombre Blanco de Get Hard va un poco más allá. Cuando James King se ve sin trabajo, sin prometida y con una década de presidio por delante, descubrimos que dista mucho de ser el idiota desalmado que pensábamos que era. Es un imbécil, sí, pero exento de mala fe, como lo eran sus personajes insufriblemente adorables de Hermanos por pelotas, Los otros dos, Elf o Semi-Pro. Presa de las circunstancias y la necesidad, King se ve obligado por primera vez en su vida a empatizar con el Otro. Y es precisamente este amago de redención lo que le acaba llevando a esgrimir otro tipo de arrogancia, la bienintencionada, más tóxica y ofensiva si cabe que la de anteriores encarnaciones ferrellianas. Porque en cuanto recluta a Darnell como mentor y comienza su disparatado proceso de aleccionamiento, King se convierte en víctima de aquello que el Estúpido Hombre Blanco de Ferrell ha ido soslayando todo este tiempo (probablemente porque no tenía ni pajolera idea de que tal cosa existía): la corrección política.

Sirva como ejemplo una secuencia: James King debe integrarse en un grupo de supremacistas blancos (los villanos de la película, junto al todopoderoso jefe de King; por si hiciera falta recalcar aún más que de estúpidos hombres blancos va la cosa) para obtener protección en la cárcel, así que Darnell intenta acostumbrarle a decir la palabra nigger con el fin de mimetizarse con sus nuevos aliados… pero nuestro buen idiota se ve incapaz de proferir semejante barbaridad.

Al margen de que la escena adolece de una alarmante falta de chispa, resulta esclarecedora en su retrato del protagonista. James King da por sentado que todo afroamericano ha pasado por prisión, piensa que a los negros aún no se les permite votar, se enfunda en la vestimenta de rapero más estrafalaria para lograr el favor de la comunidad… pero no puede pronunciar la palabra tabú. Es el Estúpido Hombre Blanco tratando de adaptarse a los tiempos que corren y comportándose bajo los dictados de una moral mainstream que no logra entender del todo.

Get Hard - Will Ferrell

Will Ferrell está fascinado por la continua metedura de pata resultante del intento de su personaje por empatizar con aquello que realmente no entiende

Lo que intenta hace Ferrell con James King (y digo intenta, porque esta pelea Estúpido Hombre Blanco vs. Corrección Política está muchísimo menos aprovechada de lo que pudiera deducirse de mis palabras) no difiere mucho, salvando las obvias distancias, del Larry David de Curb Your Enthusiasm. Tanto Ferrell como David están fascinados por la continua metedura de pata resultante del intento de sus personajes por empatizar con aquello que realmente no entienden. Ahora bien, si el arquetipo de David es el de un hidalgo inmerso en la cruzada de aplicar la lógica al absurdo de las convenciones sociales (y, por extensión, de la corrección política), el James King de Ferrell representa al individuo presa de una sociedad cuya complejidad es incapaz de comprender.

Los Estúpidos Hombres Blancos de Will Ferrell pertenecen a un mundo muy lejano al del común de los mortales (en el caso de James King, a ese 1% privilegiado de la población) y sobreviven en una burbuja completamente ajenos a la realidad. Su comportamiento viene dictado por los estereotipos que bien se han creado en su cabeza, bien han mamado de los medios. Son niños grandes que repiten lo que han escuchado decir a sus padres sin ser conscientes de lo que realmente significa, y mucho menos de sus consecuencias; una táctica similar a la que empleó Steve Carell para robar nuestros corazones en The Office (no es casualidad que Ferrell fuese sustituto temporal de Carell tras su marcha de la serie). Son el ombliguismo personificado, cuyas buenas intenciones y propósitos de enmienda no hacen más que agravar cualquier situación ya de por sí incómoda. Cuanto más comprensivos y benévolos se muestran, más ofensivos y condescendientes acaban siendo.

Y así, en estos momentos en los que trata de comprender al Otro, el Estúpido Hombre Blanco de Get Hard acaba siendo casi más arrogante de lo que eran Ron Burgundy o Ricky Bobby, que nunca trataban de contentar a nadie más que a sí mismos. Ferrell ejerce aquí de espejo deformante en el que reflejar una de las plagas de nuestra era: los estereotipos a los que recurrimos para catalogar y juzgar al Otro, pero también el patetismo del que, en su afán por desprenderse de prejuicios, está tan obsesionado con una corrección política que no sabe interpretar que acaba cagándola sin remisión. El mismo que, en su fijación por ser más papista que el Papa y empatizar con aquello que no consigue entender, demuestra su infundada superioridad y su paternalismo; todo ello, eso sí, con la mejor de las intenciones.

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Lo realmente ofensivo de Get Hard no son sus clichés sobre el racismo y la homofobia, sino su timidez a la hora de abordar tan espinosos temas

Lejos de la indiferencia habitual con la que se despachan otras películas del actor infinitamente más dignas, Get Hard ha hecho saltar las alarmas en su país de origen. La razón ya se la puede imaginar uno con sólo echar un vistazo a la sinopsis: la homofobia y el racismo que, parece ser, destila la película. Mucho se ha escrito sobre ello, y para leer interesantes reflexiones al respecto no hay por qué depender de mis palabras, basta con recurrir a firmas reputadas como las de The Guardian, Indiewire o Boston Globe.

Se puede acusar a Get Hard de muchas cosas. De perezosa, clónica y torpe, o peor aún: de poco divertida. Se le puede reprochar lo mal que aprovecha las posibilidades de su premisa, su constante recurrencia a clichés obsoletos o su puesta en escena digna de la peor sitcom. Algunos, por supuesto, le echarán en cara el no pertenecer a esa entelequia a la que llaman “comedia inteligente” (con la venia del tribunal, la discusión sobre qué diantres significa tan socorrida etiqueta la dejamos para otro día). Pero tildar a Get Hard de homófoba y racista… es un poco más complicado. No olvidemos que estamos hablando de una película cuya razón de ser es, precisamente, ridiculizar el racismo y la homofobia imperante en el Estúpido Hombre Blanco. Si lo consigue o no, ese ya es otro tema. Las intenciones son buenas, loables incluso; ahora bien, sus resultados echan por tierra todo lo que pretendía lograr.

Lo realmente ofensivo de Get Hard no son sus sobadas representaciones de negros y homosexuales, ni su empeño por construir una comedia zafia en torno a una auténtica lacra estadounidense (la violación en la cárcel), ni siquiera que el motor de gran parte de su humor sea el pánico al sexo gay. Al fin y al cabo, todo esto forma parte de los prejuicios del protagonista, que es el objetivo (o al menos esa es la intención) de todas las burlas. El verdadero problema de la película reside en su timidez a la hora de abordar tan espinosos temas. Toda la incorrección política de la que hace gala es en el fondo tan blanda, tan inocua e inofensiva, que resulta, valga la paradoja, ofensiva. Sus responsables son tan conscientes de estar jugando en terreno resbaladizo que se ven aterrados ante la idea de cargar las tintas. El resultado es desolador: a fuerza de domesticar el componente satírico que recorre el ADN de la película, al final resulta que cualquier alusión al racismo o la homofobia no sirve más que como mera excusa argumental para soltar todos los chistes de pollas y negros que se le pasan por la cabeza, desperdiciando la oportunidad de hurgar en la herida a fin de identificar la raíz del problema.

Y no había razón para cortarse un pelo, porque teniendo al frente a un Ferrell que conoce perfectamente los resortes de su arquetipo, podría haberse ido mucho más lejos y así retratar en todo su esplendor la estulticia patológica del Estúpido Hombre Blanco. Get Hard pierde de esta forma una ocasión que no se presenta demasiado a menudo en la comedia USA: la de radiografiar como dios manda a un arquetipo que, en el fondo, somos todos nosotros (al margen de raza, género o estrato social) tratando de zafarnos de nuestros prejuicios y guiarnos a ciegas en base a una brújula moral que probablemente no sabemos descifrar como es debido. Pero lo peor no es que, al igual que James King, Ron Burgundy o George W. Bush, ni siquiera nos demos cuenta de que lo somos; lo descorazonador es que no tenemos la cara de Will Ferrell para recibir un abrazo después de la merecida bofetada.

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