X-Men: Apocalipsis, atrapados en el tiempo

Bryan Singer afronta su cuarto filme de mutantes valiéndose del entusiasmo de los tiempos anteriores a la burbuja superheroica, cierta y justificada superioridad moral, y múltiples trucos con olor a viejo.

Película problemática cuyo único pecado es haber nacido desfasada

6 Desarrollo del fin del mundo de turno
4 Primera Generación de Mutantes (incluido el pobre Oscar Isaac)
7 Segunda Generación de Mutantes
8 Valor como joya 'vintage'
7 Valor como final de saga
6.4

No bien avanzado el metraje del primer filme de los X-Men, el personaje interpretado por Hugh Jackman conocía a parte del séquito del Profesor X (Patrick Stewart), y al escuchar esos nombres no podía evitar decir: “Dientes de Sable… Tormenta… ¿y a ti cómo te llaman? ¿Ruedas?”. Era un buen chiste. Una manera de extirpar preventivamente la seriedad. Autoparodia pura, dura, y contradictoria, habida la cuenta de que el personaje de marras respondía al nombre de Lobezno. Dicha escena tuvo lugar ocho años antes de Iron Man, catorce de Guardianes de la Galaxia y, lo que son las cosas, dieciséis de Deadpool (y de X-Men: Apocalipsis).

Resulta ilustrativo este chiste por dos cosas, principalmente: una, por confirmar lo pionera que fue entonces X-Men y lo mucho que le deben a ésta todos los actuales éxitos del género; y dos, por dejar claro que Bryan Singer, director del artilugio –y previo firmante de Sospechosos habituales– era un listillo. Un realizador que conocía tan bien a su criatura, que se mostraba tan convencido del amor que sentía por ella, que se creía –no sin razón– con el derecho a desmitificarla, al tiempo que filtraba el complejo contexto político-social de las viñetas en unos pocos pero calculadísimos diálogos, y optaba por centrarse en lo único que, a su parecer, quería en realidad el público mayoritario de la época: set pieces abrumadoras en busca del más difícil todavía. X-Men apenas duraba una hora y media, y más de la mitad de minutos eran invertidos en peleas, persecuciones, y exhibición de tecnología infográfica. Y a todos nos pareció la bomba. En el año 2000.

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La crítica se ha limitado a masacrar X-Men: Apocalipsis mencionando el abuso de CGI y los personajes planos. Con mucha razón.

Las cosas han cambiado, y X-Men: Apocalipsis, un filme que no puede ser más coherente con los postulados iniciales de la saga –salvo en lo tocante al ajuste del minutado–, no encuentra su lugar en la cartelera actual. Ni tampoco entre la crítica, que sin molestarse en hacer un mínimo ejercicio de memoria histórica se ha limitado a masacrarla, mencionando el uso y abuso del CGI, los personajes planos que sólo están ahí para lucir poderes, y las endebles motivaciones de los principales protagonistas. Todo con mucha razón, claro. En el año de Deadpool, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia y Capitán América: Civil War, resulta un ejercicio de pedestre ingenuidad que un filme como X-Men: Apocalipsis salga adelante, y encima lo haga con ambición y notoria dignidad. Provocando. Y, aunque persistan ese incómodo subtexto socio-político –a estas alturas muy difuminado– que tanto quisieran para sí la plana mayor de los Vengadores, la mesura de cuya falta tanto adolecía el duelo entre el Hombre de Acero y el Caballero Oscuro, y el riesgo que jamás expulsaría a Wade Wilson de su zona de confort –porque es muy fácil reírse de todo y no tomar partido por nada–, hay que defenestrar la sexta entrega de la saga principal de los mutantes. Es lo que toca. Estamos en el año 2016.

 X-Men: Apocalipsis, en efecto, parte con la peor desventaja de todas, que es la de no haber aparecido en el momento adecuado. Con Matthew Vaughn a bordo, sensible a las fluctuaciones (pos)modernas de la industria, esto no habría ocurrido, pero el egoísmo, así como la decepcionante carrera artística que más allá de los mutantes arrastraba a sus espaldas, hubieron de mover a Bryan Singer a hacerse cargo de X-Men: Días del Futuro Pasado para así no sólo arreglar las pifias que, según opinión mayoritaria, había cometido Brett Ratner con la denostada X-Men: La decisión final, sino también mandar a Lobezno, y por ende al resto de personajes, de vuelta al pasado. A los comienzos del año 2000. Al tiempo en el que una película como X-Men: Apocalipsis, con su sencillez, su idiotez, su kamikaze apuesta por la acción y el desenfreno, podía ser posible.

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El filme parte con la peor desventaja de todas: no haber aparecido en el momento adecuado.

Y así ocurre que Singer –una persona que, no hay más que revisar y sufrir Superman Returns para comprobarlo, sencillamente no sabe en qué mundo vive– se vuelve a sentir cómodo, juguetón, y aprovechando que gracias a Vaughn tiene que ambientar la narración en los años 80, te coloca un metachiste sobre El retorno del Jedi y las terceras partes que, queriendo darle la enésima patada en el culo a Ratner –no debió de bastarle el final de X-Men: Días del Futuro Pasado– no acaba suponiendo más que un tiro en el pie, y otra razón más para que la enfervorecida masa crítica pida su cabeza. Ocurre, querido Singer, que no puedes pasarte de listo en un tiempo en el que todos son más listos que tú.

Tan a contrapié nace X-Men: Apocalipsis que ni siquiera los actores principales, veteranos en la franquicia pero también bastante más apegados a la realidad que el quijotesco Singer, se creen lo que están haciendo. James McAvoy sigue mostrando entusiasmo por todo, sí, pero tanto Michael Fassbender como Jennifer Lawrence se huelen el patinazo y sólo quieren cobrar el cheque para largarse cuanto antes, mientras que Oscar Isaac, recién llegado como quien dice a esto de los rompetaquillas, bastante tiene con sobrevivir al villano intercambiable que le ha tocado en gracia. Los únicos ajenos a este desajuste espaciotemporal son los más jóvenes, como no podía ser de otro modo, y Tye Sheridan, Sophie Turner y Evan Peters (ya aparecido en la entrega anterior y protagonista nuevamente del momento más divertido de la función, aunque sólo se trate de un remedo más exagerado de lo que ya hizo antes) interpretan a Cíclope, Jean Grey y Quicksilver con total convicción. Hasta disfrutando.

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X-Men: Apocalipsis es capaz de entusiasmar a todos aquellos que de vez en cuando no le pidan al cine más que un entretenimiento satisfactorio.

Que a raíz de esto, y yendo por fin a lo importante, ¿hay alguien que pueda disfrutar hoy en día de un ‘blockbuster’ tan desubicado como X-Men: Apocalipsis? Rotundamente sí; puede hasta entusiasmarse por él. Y no sólo lectores y fans de la obra de Singer desde sus inicios, sino también todos aquellos que, de vez en cuando, no le pidan al cine más que un entretenimiento medianamente satisfactorio. A la hora de manufacturar el de rigor, este realizador tan suyo ha demostrado que al fin y al cabo es de la vieja escuela, y ha tejido una trama coral a la que no por vérsele las costuras en todo momento llega alguna vez a salirse de madre, gracias a saber qué hacer en cada momento con cada personaje –aunque lo que haga pueda ser bien redundante, como en el caso de Magneto, o bien ridículamente abrupto, como en el caso de Tormenta (Alexandra Shipp) – y a insertar concesiones tan emotivas como facilonas. Al fin y al cabo, son seis películas las que llevamos con estos personajes, esto es una conclusión, y hemos disfrutado tanto hasta ahora que sabremos cómo soslayar todas las Mariposas Mentales o los Arcángeles que traten de mostrar a las claras la auténtica y definitiva vacuidad de todo.

Total, que sí, que X-Men: Apocalipsis se limita a vivir de logros pasados, de creatividades extinguidas, de las rentas. Y, sin embargo, en su pueril ensimismamiento, lo hace con total sinceridad. De cara. Que es más de lo que hace, por cierto, el 80% del cine comercial de la actualidad.

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