¿Y ahora adónde vamos?, entrañable cuento sobre los conflictos religiosos

La directora de Caramel, Nadine Labaki, vuelve a España -ya ha pasado por Cannes y Toronto- para estrenar su nueva e interesante película.

Si por algo somos capaces de situar a Líbano en el mapa es, lamentablemente, por las noticias que hemos recibido en cuanto a la Guerra de Líbano que se sucedió en el año 2006 y que enfrentó al país contra Israel. Las peculiaridades de Líbano son muchas, pero principalmente destacan que sea una nación geográficamente estratégica -tiene una de las mayores reservas de agua de Oriente Próximo- y que en ella convivan, y muy pacíficamente, las dos religiones que actualmente más chocan en la actualidad, el cristianismo y el islam. Esta última característica es justo el punto de partida del nuevo largometraje de Nadine Labaki, a la que muchos conocemos por Caramel (2007), y que centra sus esfuerzos en relatar una peculiar, elaborada y entrañable fábula sobre un pueblo en el que la convivencia religiosa es puesta en duda cada día.

Ambientada en un país azotado por la guerra de dogmas, ¿Y ahora adónde vamos? nos relata la historia de un pueblo aislado por culpa de los campos de minas -qué terribles armas y qué genial ironía- y en el que las noticias y rumores en cuanto a nuevos enfrentamientos entre creyentes promete levantar pasados rencores. Las mujeres de la aldea, agotadas del sufrimiento de haber enterrado a tantos maridos e hijos -Labaki representa este dolor en una tan original como estrafalaria escena inicial-, idean estratagemas para distraer a los hombres del pueblo y descentrarlos de un enfrentamiento que se palpa en el ambiente desde los primeros minutos de la película. En ese sentido la directora no ha dramatizado ni politizado lo más mínimo el conflicto entre pueblerinos; de hecho, desde el comienzo Labaki crea una atmósfera algo estereotipada que en realidad se siente como parte de un cuento costumbrista quizá demasiado idealizado pero que no deja de resultar convincente. El microcosmos rural recuerda en gran medida al que hace Giuseppe Tornatore en la inolvidable Cinema Paradiso (1988), retratando situaciones estilizadas que comprenden a personajes de todas las edades, como en ese despertar del apetito sexual con la llegada de unas chicas ucranianas al pueblo. En ese sentido Labaki se parece más si cabe a Tornatore, centrando su cámara en las caras de los protagonistas con tal de captar los rasgos y las emociones de cada uno.

Obviamente no estamos ante un filme en el que destaquen las actuaciones de los protagonistas, Labaki ha afirmado en varias ocasiones que le encanta trabajar con actores no profesionales con tal de “jugar con la realidad”. En ese sentido no puedo sino criticar a la actriz y directora -en la película complementa ambas labores-, puesto que lejos de parecer real y citándome en el anterior párrafo, ¿Y ahora adónde vamos? es una fábula muy bien armada, con más virtudes que defectos, pero que en ningún momento parece pretender ser un relato verosímil sobre la situación actual de su paíspues pese a que Labaki lo niegue son interminables las evidencias y referencias que se hacen en la película a Líbano-.

En la película confluyen varios géneros, destacando por encima de todo la vis cómica y las actuaciones musicales –pocas pero muy disfrutables-. El dramatismo es capaz de imponerse en un par de escenas, sin embargo en otras la comicidad que convive con el metraje resta convicción al esfuerzo de la directora por conmovernos. Pese a que esta ligación emocional entre audiencia y personajes no sea efectiva en ciertas partes de la cinta, Labaki sí consigue que empaticemos con las mujeres del pueblo. También logra nuestra complicidad en las artimañas que se van sucediendo, formando todas parte de ese cuento intimista -entre aldea y espectador- que es capaz de sacar la mejor de las sonrisas.

Nadine Labaki confirma en ¿Y ahora adónde vamos? que es una directora eficaz y solvente; logra transmitirnos su visión del conflicto inherente de Líbano pese a que algunos tengan una visión más positivista del país con una sensibilidad y emoción coherentes con las pretensiones del guion. No dudo de las críticas que puedan surgir en cuanto al encaprichado endulzamiento de gran parte del desarrollo de la película, tampoco del efectismo algo vulgar en cuanto al uso de la música -que compone el propio marido de Labaki-; pero si con él la directora puede finiquitar una alegoría concluyente, emocionante y cercana sobre un conflicto religioso tan a la orden del día, yo seguiré recomendándo la película todo lo que me sea posible.

PD: La película ha tenido un éxito notable en algunos festivales, alzándose con el Premio del Público en el Festival de Toronto de este año. También ha pasado por Cannes y estuvo nominada a Mejor Película Extranjera en los Critic’s Choice Awards.

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