Yo, Frankenstein, la aberración hecha película

Aaron Eckhart protagoniza este blockbuster vapuleado por crítica y público allá por donde ha pasado

Si Marey Shelley levantara la cabeza… Desde que en 1818 la autora inglesa revolucionará con la obra Frankenstein o el moderno Prometeo, el séptimo arte se ha acercado con más o menos singularidad a uno de los monstruos más carismáticos de la literatura gótica y el género de terror y la ciencia-ficción. Un personaje que marcó la carrera de actores como Boris Karloff, para inmortalizar la eterna lucha con Bela Lugosi, y que el genio de Mel Brooks dotó para siempre de una comicidad impecable con El Jovencito Frankenstein, la adaptación más original hasta la fecha.

Lejos de estas aproximaciones, aterriza en la cartelera española Yo, Frankenstein, dirigida por Stuart Beattie y basada en el cómic Dark Storm escrito por Kevin Grevioux protagonizada por Aaron Eckhart (El Caballero Oscuro, Un domingo cualquiera) en el papel de la criatura que 200 años después de su creación se encuentra en medio de una lucha sin cuartel entre ángeles, con apariencia de gárgolas, y demonios con disfraz humano que buscan someter el destino de la humanidad.

YO, FRANKENSTEIN

Tópicos y más tópicos en una cinta donde lo más destacado son sus efectos visuales, no por ellos excelentes y que por su excesivo uso acaban convirtiéndose en tediosos. La historia, insustancial y vacua, termina por arrastrar al reparto que acompaña a Eckhart y donde destacan Bill Nighy (Radio Encubierta, Love Actually) -el mejor de tan paupérrimo filme- y Miranda Otto (La Delgada Linea Roja, El señor de los anillos), líder de las gárgolas enviadas por Dios para proteger a su creación del mal.

Artes marciales sobreactuadas, peleas inverosímiles, un quiero y no puedo amoroso, unido a una trama que carece de intriga desde el minuto uno y un monstruo, Frankeinstein, mitad Van Helsing, mitad Hellboy zurcido con hilos, que aparca su nula movilidad e ingenio al que nos tiene acostumbrados en sus apariciones cinéfilas para convertirse en un héroe de leyenda al que envidiaría el propio Hércules, son los defectos más destacables de una cinta prescindible y que tiene visos de convertirse en lo peor del año. Incongruencias que provocan malestar y un fervoroso deseo de abandonar la sala antes de la conclusión del filme, algo que este año ha estado a punto de provocar Pompeya.

YO, FRANKENSTEIN

Sin duda estos graves errores recaen sobre la figura del realizador, Stuart Beattie, más preocupado por filmar una especie de videoclip de Justin Bieber que por el desarrollo de los personajes y la historia. Sobre todo el del propio Frankenstein (antes conocido como Adam), consciente de su falta de humanidad y a pesar de ello adalid por la supervivencia de la especie. Esa evolución pasa desapercibida para el cineasta que llega a tomar por idiotas a los espectadores en el momento en el que la lucha entre el bien y el mal pasa, en teoría, a espaldas de los humanos que, tontos ellos, no son conscientes, en pleno siglo XXI y en una gran capital con una catedral de proporciones bíblicas, de las explosiones y bolas de fuego que se suceden con cada demonio muerto.

El verano es la época típica para que este tipo de productos inunden las pantallas de cine. Lo normal, en una temporada estival donde el calor aprieta, la mente se va de vacaciones y prima el entretenimiento por encima de grandes y filosóficas reflexiones. Yo, Frankenstein no es ni una cosa ni la otra. Produce sopor, aburrimiento y una sensación de perdida de tiempo donde, paradójicamente, su hora y media de metraje es lo más preciado del filme.

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